Las contradicciones, los conceptos políticos y la verdad sobre nosotros mismos son como la belleza.
Por un lado nadie es feo. Por un lado y desde un cierto nivel de perspectiva los estándares de belleza son descartables y, un poquito abajo de ese nivel, o arriba, hay mucha más gente que es bella de lo que se aprecia desde los estúpidos y cuadrados estándares y la gente que es fea no parece fea. Pero luego más arriba de eso, o abajo, no existe para nada la belleza, ni la fealdad, visto desde una magnitud cósmica somos todos consecuencias increíbles de los genes y de la historia y desde Neptuno a nadie le importa si pareces más negro o más chino porque no se tienen esas referencias de pueblos mejores que otros porque uno vive en Neptuno.
Pero desde el otro lado en realidad no es cierto que no exista la belleza y ni siquiera es cierto que los estándares de belleza sean descartables. La verdad la verdad si queremos decir la verdad es que cuando por ejemplo nos lamentamos de que alguien no pueda verse tan guapa como ella misma quiera por los abusos sexuales en el transporte público y en las calles de México, estamos usando diferencias entre bello y feo y las necesitamos para decir cosas dolorosas que verdaderamente sentimos. Así que la verdad es que existe la belleza y la fealdad y, para ser más honestos todavía, ni siquiera podemos quitarnos de la cabeza los estándares sociales para juzgar lo que es bello y lo que es feo. Y para poder juzgar con toda su fealdad lo que hacen quienes se publicitan a sí mismos a través de imágenes publicitarias de hombres y mujeres rubios (en países como los latinoamericanos), hay que utilizar los estándares de belleza. Así que no son descartables.
Y qué decir aún de cuando eliges ropa según los estándares de belleza. Porque finalmente quieres gustar a otros.
¿Pero se puede decir de aquí que entonces los feos son feos? Primero que no, no se puede decir, porque hay mucho engaño en todo eso. Y segundo que qué carajos nos importa ¿verdad?, nosotros hombres miserables. Quise decir humanos. Cargando sobre la belleza y la fealdad cientos de millones de cosas más que quizá no deberíamos pero que parece inevitable meter. Como aquello de querer ver un rostro así o asá cuando estás enamorado y todo eso que conlleva que no podemos descartar porque nadie renunciaría a ese momento en que estás tirado con la persona que amas mirándola a los ojos y besándola. Todo esa mierda buena y mala y mierda que está en esas cosas tan importantes. Pero no: la realidad es que no se está condenado a ser feo. No es como que existan feos y bellos.
Otra vez, disculpen, primero por toda la relación que existe entre los estúpidos estándares ―que hemos estado metiendo y sacando― y las imágenes fijas. La vida no es una imagen fija y las personas no somos fotografías. La vida es esta cosa fluida que se nos escapa siempre, el presente constante, el movimiento, el ritmo, los gestos, el lenguaje, lo que se dice. Primero porque no somos fotografías, porque somos esto. Esto es lo que es bello o feo. Pero segundo porque tampoco los estos que somos, somos ni feos ni bellos. Porque en verdad de alguna manera no existe la belleza ni la fealdad o quizá por lo menos no asociado a nosotros. Nosotros los que existimos aquí, no los que estamos pintados allá. Nosotros, los que existimos, no somos ni bellos ni feos. Quizá sea eso. Porque la gente cambia.
Porque es cosa de cuidarte. De acicalarte, de acariciarte, de venirte, de cuidar tu ropa y cuidar tu vida, de averiguar qué es lo que te gusta y en dónde brillas y de qué manera, y de cuidarte la piel, y lo que comes, y el descanso, de manera correcta. Y entonces verás que no eres feo. Dicho de otra manera: no somos nosotros los feos.
Pues bien, lo que quiero decir es que hay muchas cosas que son así. Que significan una cosa en el nivel A, otra en B y otra en el C, pongamos. Y que tienen una manera de relacionarse con las cosas de su nivel diferente a la manera de relacionarse qu... A ver. No hablo de niveles como que esté una cosa más arriba o más abajo que otra, sino simplemente de dimensiones distintas.
Si uno lo mira desde cierta manera, la belleza y la fealdad, por poner un ejemplo, se relacionan así, difusamente.
Pero si se lo mira desde otra manera la belleza y la fealdad se relacionan de manera más condicionada.
Pero se te vas hasta acá parece que tienen una relación rígida y absoluta.
No es que una manera de mirar las cosas impere sobre otra, sino que existen.
Pues de la misma manera existe todo lo demás. La verdad y las opiniones. Y un millón de cosas que no puedes decir ES ESTO de manera determinante aunque ES ESO de manera determinante. Y tampoco podemos decir que lo otro es falso aunque sea falso. Ni podemos censurarnos a nosotros mismos una manera porque hemos elegido la otra. Ni tampoco es como una elección pero funciona decir que es como una elección, y aunque creamos que hemos hecho una elección en la vida respecto a una manera u otra de mirarla, son las dos cosas al mismo tiempo. Y que para pensar todo lo que hay que pensar, hay que entender esta cosa difusa en vez de seguir diciendo, literalmente, que el problema de algo es que tiene una contradicción. Por ejemplo. Y tampoco se trata de elegir limpiamente entre tener contradicciones y no tenerlas o de elegir limpiamente entre pensar admitiendo que existen y pensar como toda esa gente que cree que, en fin. Es una revoltura. Lo sé.
Tantas cosas que decir sobre todo, sobre la belleza y sobre los postes de luz, sobre cada cosa, y hay que escuchar tanto y a tanta gente, y además hay que hablar con lo que sabemos y sentimos, que es todo esto, todos estos niveles distintos de observar cosas. Y, por seguir con la metáfora, todas las bellezas y la manera o el momento en que las personas son bellas.
Pero fundamentalmente que cualquiera visto de cierta manera es bello. Aunque sea cagamente insoportable que hayamos elegido la historia equivocada. Y todo eso insoportable de las contradicciones y de las caras de la gente.
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