14 mar 2017

Playing with the queen of hearts

Fue hasta el 3 ó 5 de agosto que se levantó la ola. Se sintió como cuando te agarra una mal ola y ya no estás tocando el piso ―nadando no se toca el piso. El agua es como el amor. Como cuando te mojas. Hay que mojarse. Fue el 16 de agosto, pero de otro año, cuando me violaron una noche. En agosto fui a surfear a Baja California. El mar azul profundo y el desierto es casi blanco. Recuerdo ese verano en Puerto Escondido, tenía apenas 17 años. Yo quería surfear, pero fue H el que me avisó que había piedras debajo del agua y que no quería encontrarme con una. En agosto se levantó la ola, pero ya no era verano: era invierno. 7 años antes, en el 2009, me violaron. Pero yo no lo recordaba. Lo olvidé sucesivamente, como una ola. Sucesivas veces que se intenta sacar la cabeza del agua sin saber ya dónde está el cielo. You get in trouble with a man. Era también verano aquella vez en Maruata cuando Ka me sacó de una ola que me hubiera matado. Recuerdo aquellas vacaciones en Ixtapa, mi hermano y yo éramos aún unos niños cuando mi madre dijo por primera vez «mar abierto». Yo pregunté qué era eso y me contestó que era cuando el mar daba directo al océano. Me hizo recordar los mapas mundiales y tuve la idea de tratar de dimensionar el tamaño del Océano Pacífico. Recuerdo que mi padre hizo un mal gesto, aunque no dijo nada. Yo por supuesto no entendí. Apenas, superficialmente, entendí que había algo que no entendía, para olvidarlo inmediatamente. Pero tuvimos permiso de entrar al mar con cuidado. Era también verano ―¡lo siento!― cuando intenté pintar a Océano y Gea en una pared calurosa de Cuernavaca. Quería usar el naranja y el azul, porque eran contrapuestos. Había estudiado el diseño desde las horas de clases en la escuela en el Distrito Federal. Tenía 16 años y había renunciado voluntariamente a la escuela. Quería estudiar filosofía. Ka hacía natación. Era casi un profesional. Musculoso pero flaco, guapo, con barba, hacía unas matemáticas perfectas. A mí me gustaba. Es como el ciclo de las olas que revuelven una y otra y otra y otra vez por adentro. Ka me enseñó el ritmo de las olas sentados en la arena, una tarde. Años después, en Zipolite, conté muchas veces las olas del mar a solas y acompañada. Podía contarlas de diferentes maneras. De repente se me traspapelaban. Ya había leído a Deleuze entonces no me asustaba ni intentaba forzarlas dentro de un orden. I beg you pardon, I never promise you a rose garden. There’s gonna be a little rain sometimes. Depende de qué tan grande sea la ola, puedes sentir que te revuelva muchas veces o no tantas veces. El era mi amigo. Era mi mejor amigo. Recuerdo una tarde en mi sofá que leíamos un test de CI del libro de psicología de la escuela. Siempre me reprochaba mi mala memoria. B era el chico más guapo e inteligente de la escuela. Hablábamos de política. A G le dije que era gay. Tres veces se lo dije. Lo amé. Me mandó a la chingada. Años después volvió para notificarme que era gay, en efecto.

Agosto del 2009.

En diciembre del 2011 tomé mis cosas y me fui a Zipolite. Ahí recordé y conté las olas que Ka me había enseñado a contar bastantes años antes del 2009. Volví al año siguiente, donde reporté en mi casa que me habían violado. Aquel día rompí una taza y la ley. Dos veces rompí la ley en un mismo día. En agosto del 2012 me fui a surfear con mi hermano. Pasé muchas horas al sol. Conseguimos una playa sin piedras. De vuelta en la ciudad tuve que tatuarme ¡dos veces! una piedra de sol azteca en el hombro derecho, una piedra con minucioso detalle. En noviembre de ese año volé a Buenos Aires. Me casé con una surfista de Brasil.

En agosto de 2016 se levantó la ola. Las olas son así, si uno ha surfeado. Se agarran desde antes.

Cuando agarras mal una ola lo sabes. Sabes que te agarró mal. Los pies se levantan del suelo, aunque los haya traído uno nadando. Y valiste verga.

Sólo puedes rezar que no te encuentres... algo en tu camino, algo así como un piedra.

B se había casado y yo por supuesto no pensaba en él. Pensaba en El. Pensaba tanto en El. No sabía por qué. El me dijo que yo había perdido los cabales. Los cabales. Quizá fue una premonición. Fue entonces que me encontré la piedra. Una piedra en una ola que duró 8 meses. Una gran ola. De repente me encontré una piedra.

Me desperté en la ciudad de México. Todavía atontada encontré una nota de Ka revuelta entre mis papeles de la infancia. «Para Alejandra», decía. «...que nunca quiso ser mi novia». Llamé a B porque se había vuelto abogado. G triunfaba en París.


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