5 jun 2017

Que no hay democracia lo sabíamos pero también es cierto que tenemos como una inercia, como un desenchufe cerebral que no nos permite decir claramente el resto del año en dónde estamos, pues, si no en una república. En un país donde matan a los pobres. No sólo la droga, cada producto agrícola o industrial que llega a las manos está teñido de explotación, pobreza, sufrimiento e injusticia. Cada mamey, cada aguacate. Nosotros, los que los compramos en la ciudad, estamos constreñidos por un sistema de reglas (de vestimenta, de movilidad, de horarios, laborales, etc.) que perpetúan ese sistema de explotación. A través de una cadena de censuras este sistema elige quién se queda dentro de esa élite laboral de clase media alta. De este lado estamos constreñidos a plegarnos, a seguir viviendo este lunes a sabiendas del fraude electoral, aceptándolo. Mientras que del otro lado los están matando, les están quitando su vida no sólo a balazos, sino día a día.

A ver cómo lo digo. No podemos votar, ¿ok? Las reglas de la sociedad libre son opresivas y apremiantes, ¿ok? Fuera de esa sociedad libre, la mayoría de la sociedad vive en una explotación constante que tiene por cabo la muerte literal. Más allá de la muerte, la tortura.

Un sistema basado por un lado en un poder brutal sobre la administración burocrática y por el otro basado tal cual en el poderío militar. AL que llaman "PRI" pero no es el PRI. Ese poder ni siquiera está dentro de los márgenes que especifica para el gobierno la Constitución, es un poder que rebasa esos límites. El poder real lo ejercen tanto mafias como empresas, como, en general, una cúpula económica. Cúpula formada lo mismo por narcos que por adolescentes capaces de gastar 5 mil pesos en una sola comida. El poder real tiene límites difusos y no nombrados. No nombrados. Poder que mata.

Poder que mata no únicamente a balazos y violaciones, sino también por el sistema de salud, y de pobreza. Poder que te arrolla en la calle, literalmente.

Mientras que tenemos a 60 u 80 millones de mexicanos silenciados, la clase media y media alta ha salido hoy como todos los días: a trabajar, hundida entre prisas, presiones económicas, bonches de trabajo, mareada por un sistema de noticias, engañada hasta la náusea por un sistema epistemológico comunicacional que lo mismo acá te censura un libro, lo hunde entre publicaciones o lo esconde en la bodega, que te hace saltar en un paso peatonal o pasar por encima de señalamientos absurdos o peligrosos. Hundidos hasta las neuronas en una episteme constante del cuerpo.



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