9 oct 2017

El inicio

Empezó el 5 de agosto del 2016. Lo recuerdo porque el 1° de agosto me fui del departamento que rentábamos, con todas mis cosas. Y volví a los 3 días porque me corrieron de donde estaba, sin cosas. Para el quinto día finalmente pude recuperar mis cosas, todas desordenadas y manoseadas. Aquel día en que podía ir por mis cosas me poncharon la llanta del coche con un navajazo, entonces tuve que ir en tren al conurbano de Buenos Aires y conseguir un taxi de sitio para volver. Todavía guardo en un bolsillo de la chamarra algunas tarjetas de presentación de remises que investigué por la zona y me acuerdo del taxista que me llevó de regreso, que intentó reconfortarme y yo le agradecí y hasta pensé en el destino del universo que cómo me había tocado la suerte de ese taxista especial en medio de tanto desastre.




Cuando llegué a casa acordamos que yo ocuparía el estudio y ella el dormitorio. Dejé todas mis cosas en el piso del espacio que me correspondía, así de desordenadas como estaban. Creo que aquella noche revisé que no me faltaran documentos o llaves y me fui a dormir. Sí, aquella noche revisé que no me faltara nada porque ya era tarde cuando me fui a dormir. No recuerdo si cenamos.

Fue al día siguiente no me pude levantar. Ni al día siguiente de ése ni al que le continuó. El dolor que tenía en la espalda era tal que sentía que si me movía, me iba a romper algo. No pude enderezarme. Un par de veces fui a la cocina y no pude enderezarme, lo recuerdo perfectamente. El dolor era terrible.

Pensé que estaba cansada. Aunque el dolor iba más allá de cualquier dolor que haya tenido antes o después de eso. Porque yo no sabía en ese momento todo lo que estaba por comenzar.

Pasé los siguientes doce días haciendo estiramientos en el estudio que me había tocado. Fernanda, entonces mi pareja, se mudó, pero yo no volví a ocupar el dormitorio. Improvisé cortinas gruesas en cada ventana del estudio, que medía más o menos 5x5. Limpié, ordené mis cosas, hice un espacio cómodo, puse velas y me dediqué doce días a hacer estiramientos con mi cuerpo y a tocarme. A masturbarme. No sé por qué. Me masturbaba como 3 ó 5 veces al día, hasta 6. Muy largamente y de maneras en las que nunca antes había sentido mi cuerpo. Nunca había tenido orgasmos tan elevados como los tuve en esos doce días. Yo estaba elevada. Pero no sólo era la parte aparentemente sana de estirarme, retirarme del mundo y tocarme; al mismo tiempo estaba elaborando una fantasía casi psicótica sobre el mundo y mis relaciones personales. Estaba creyendo completamente en esa fantasía, estaba sacando conclusiones de esa fantasía y estaba conectando cada vez más cosas en torno a ese delirio. Sin ninguna precaución y completamente entregada, en el vestíbulo iluminado de rosa por el color de las cortinas improvisadas y completamente aislado.

En una ocasión idolatré una uva pasa porque estaba convencida de que era mi abuelo reencarnado que había venido a supervisar mi tarea revolucionaria. Entonces para que no se me perdiera la pasa la puse encima de una araña de alambre que había comprado meses antes en el mercado de Palermo a un guey que primeramente me había regalado mi nombre escrito (con alambre también). El regalo era completamente inútil. La araña era mi madre. Era mi madre materializada en una gran tarántula negra de alambre; la presencia de mi madre, que la necesitaba. Pero no racionalizaba que extrañaba a mi mamá, sino que estaba convencida que mi mamá me miraba a través de esa araña.

Y puse unas piedras especiales debajo de una silla y después cubrí la silla con una manta para que no las molestaran.

Empecé a hacerme un tarot, que yo creía que era particularmente mágico. Tomé una de las pancartas que habíamos hecho para una manifestación, unas pancartas de un material muy duro, entre cartón y madera, que yo había recogido de la basura aquel día, de último minuto, para escribirles encima nuestras consignas. Corté la tabla en pedazos pequeños con un cuchillo. Me tomó mucho tiempo y no terminé de hacer las cartas. En aquellos días, mientras trabajaba, recordaba cosas que había olvidado, cosas absurdas y completamente nimias: frases, respuestas, comentarios al aire hechos hacía mucho tiempo, en México. Y al mismo tiempo empezaba a olvidar cosas. Olvidaba un acuerdo que había hecho 4 días antes. Olvidaba lo que me decían. Olvidaba nombres. Olvidaba lo que yo había dicho. Darme cuenta de que olvidaba cosas fue sutil y no recuerdo que me haya dado cuenta en esos días, sino después. Fue probablemente después. Recuerdo que empecé a tomármelo en serio una vez que estaba parada frente al escritorio, me di cuenta que había olvidado algo. Algo en el escritorio me hizo darme cuenta de que había olvidado algo de hacía apenas unos días. No fue la primera vez que lo noté, había notado lo mismo dos o cuatro veces antes pero no le había dado importancia. Y aquel día me di cuenta para mí misma que estaba olvidando cosas. Antes de decirlo a otra persona pasaron semanas, semanas en las que verifiqué que se me estaban olvidando cosas. Después lo dije, pero la verdad es que nadie me tomó en serio. Todavía al regresar a México me ocurría que se me olvidaban nombres de personas con las que había tenido una relación muy cotidiana. Algunos se ofendieron porque se dieron cuenta de que me había olvidado de sus nombres. Incluso me olvidé de personas, personas a las que conozco desde pequeña que me las encontré y me parecieron familiares pero supuse que me parecían familiares por cualquier otra razón, porque seguro las habría visto por esos lugares antes. Y hasta horas después recordaba quiénes eran. Estoy segura de que me gané muchas enemistades en esos primeros meses.

Fue en esos primeros doce días que empezó a temblarme la mandíbula. La mandíbula inferior, era como si estuviera descontrolada zafada del maxilar superior. Me temblaba de arriba a abajo, rápido. Aunque intentara mantener la boca cerrada. Y si la abría, me temblaba más, era impresionante cómo me temblaba. Ése fue el primer síntoma histérico que reconocí. Aún me tiembla a veces.

Después de esos doce días quité las cortinas gruesas, dejé cortinas delgadas, abrí las puertas del estudio y salí un poco. Todavía recuerdo haberme sorprendido de que agosto acababa y yo no dejaba de sentir esa muerte insoportable que estaba sintiendo. El dolor de espalda tardó mucho en irse del todo, pero no sólo me dolía la espalda; recuerdo que me dolía el pecho también, me dolían las costillas, literalmente. Llegué a preguntarme si tenía rota una costilla.

Fue también por aquellos días que empezaron las sensaciones corporales. Un hormigueo que me recorría, en las tetas, en la vagina. A veces sentía como si alguien me estuviera tocando. A veces lo sentía en una pierna, como si me la apretaran. Era tan real que brincaba cuando lo sentía. Lo sentía mucho en los hombros. Y en las costillas también lo sentía a veces.

Y el insomnio. Un insomnio maratónico. También empezó entonces.

Y la anorexia. Sin darme cuenta.

Los siguientes seis meses fueron una locura. No los recuerdo bien. Bajé 10 kilos, sin embargo para mi cumpleaños, en octubre, ya estaba consciente de que tenía anorexia severa y me forzaba a mí misma a comer. Así que esos 10 kilos debo haberlos bajado entre agosto y septiembre. En septiembre comencé a ir a psicoanálisis. Entonces quizá fue antes que reconocí que tenía anorexia. Coincidió que el psicoanalista tomaba tres semanas de vacaciones en Europa y en octubre lo dejé. En octubre consumí mucha cocaína, demasiada. Recuerdo que tenía firmemente la ilusión de que ya había pasado todo. Me dediqué a mi tesis, pero lo que hice con mi tesis no lo recuerdo. Recuerdo que borré muchas cosas, que quise darle un orden completamente distinto, que al final estaba demasiado confundida con las hojas, todo lo tenía hecho bolas. En noviembre regresé a análisis y me medicaron con clonazepam. 4 miligramos al día. La dosis máxima es de 5 miligramos. Ni siquiera podía caminar, pero finalmente pude dormir. Durante todo ese tiempo, desde agosto hasta noviembre, tuve un problema de sueño infernal. Pasaba dos días sin dormir, después dormía 5 ó 6 horas, después pasaba otros dos días sin dormir, después volvía a dormir 5 ó 6 horas, ó 4. Pasaba días sin dormir. Nunca dormía las 8 horas completas. Estaba tan flaca que se me veía toda la columna por la espalda, hasta las nalgas. De frente tenía un hoyo en la piel entre las costillas, a la altura del diafragma. Las chichis.... Y las nalgas, estaban completamente separadas una de otra. Fue Fernanda la que me dijo que parecía reclusa de campo de concentración, me pidió que me mirara en el espejo y fue así como me di cuenta. Compraba muchos aceites de tratamiento para el pelo porque lo tenía pajoso y roto.

En diciembre me regresé a México. Pero no lo decidí yo. De un día para otro me subieron en un avión. Perdí todo lo que tenía allá. Y llegué a una casa donde me habían robado muchas cosas, habían desmantelado mi recámara y las cajas en donde dejé guardadas cosas estaban abiertas y revueltas.

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