Esto lo escribí anoche, pero no tenía internet.
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No me puedo leer. Es como pintar y no ver. Como cuando no encuentras el monedero, o la cartera, y tienes que pagar algo. Te pones nervioso. Te acecha sobre todo tu propia conciencia de tener que apurarte por lo que sea que te estés imaginando. Quizá hay alguien mirándote mal. ¿Entonces qué haces? Empiezas a remover cosas. A sacarlas si es necesario. Las cosas dejan de estar definidas individualmente y se convierten en una masa de cosas. En una de ésas pierdes un guante, o un papel importante por estar sacando cosas del bolso antes pagar. Que no encuentras el dinero. Es como pasarle un pincelazo a las cosas para borrarles su contorno. Así me pasa a mí con las palabras, con las ideas, con los conceptos de realidad. A veces por alguna razón entro en un frenesí de pensar. Sin darme cuenta. Empiezo a sacar palabras, ideas, conceptos, recuerdos, de la bolsa, como buscando algo que se me ha perdido y con lo que necesito pagar. Algo. Mentalmente. Y de repente ya no entiendo nada. Eso siento: una multitud de palabras mientras leo, desparramándose y saltando a todos lados como si estuviera chapoteando. Buscando. Cuando llego al final del párrafo y me doy cuenta que no entendí nada. Estuve leyendo por arriba. Pero no en blanco, porque al mismo tiempo tengo todas las palabras del párrafo desparramadas como gotas alrededor y no quiero volver a leer porque a pesar de haber estado leyendo en blanco, al mismo tiempo estoy hastiada. Y son mis propios textos.
Tiene que ver con haber dicho demasiadas veces las cosas y tener aún la necesidad de decir la misma cosa. Es como hablar el blanco, también. Creo que me lo han hecho a propósito: hacerme repetirme. ¿Hacer que me repita?, ¿hacerme? Es un poco tener que hacerme de nuevo cada vez que alguien se hace pendejo para que yo tenga que volver a explicar lo que he dicho. Y me lo han hecho tantas veces, no sólo Fernanda.
Me lo hacen siempre. Hoy salí. Fui a pagar. Repetí la ruta varias veces en mi cabeza y no me bañé ni me puse brassier ni me cambié los pantalones. Hasta con los calcetines sucios fui. A pagar los $100 que debía ayer. Por supuesto se me olvidó a dónde iba al entrar al elevador y simplemente seguí caminando hasta que me acordé. Luego cuando llegué al metro tuve que volver a recordarlo. Y me encontré, en la estación del Metro Tacubaya, en el andén de la línea 8, un señor anciano con una carga pesada, muy pobre, muy moreno, con un palo que usaba como bastón, dirigirse al andén reservado para mujeres. Yo iba atrás de él. Al principio no estaba segura de que fuera hacia el espacio reservado para mujeres, pero eso parecía. Por eso decidí seguirlo con la mirada. Creí que se iba a detener antes de llegar y que iba a abordar el metro con todos los otros hombres, al final de su espacio “mixto”, donde quizá había menos gente. Como no se detuvo más, creí que daría vuelta a la derecha y tomaría la escalera hacia arriba para salir. En un instante cruzó esa línea imaginaria que divide el espacio reservado para mujeres. En el mismo momento sucedió algo que no me esperaba, pero que de algún modo estaba esperando porque había estado mirando a la policía que se encontraba al pie de esa línea imaginaria, mirándolo llegar.
El hombre encorvado levantó la mirada brevemente y sin decir una palabra, con un solo gesto, interpeló a la policía. Ella asintió con la cabeza. Atrás de él venía yo, y me apuré un poco para preguntarle:
- Éste es un espacio para mujeres, no es mixto.
La policía también asintió a mi interpelación. De la misma manera que le había dicho que sí al señor, pero como si a mí me dijera: “Efectivamente. Nos encontramos en este momento en el espacio reservado para mujeres. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarle?” Y en cambio lo que le contestó al señor parecía mudo completamente.
- Es un espacio sólo para mujeres, no es para ancianos –insistí.
El anciano pareció mover su cabeza, pero yo estaba mirando a la policía que otra vez asentía sonriente. Siempre me ha llamado la atención la combinación del labial rojo y el uniforme de policía.
Aún no me desesperaba. Casi sin pensarlo saqué esta carta –es lo bueno de traer cartas--: Muchas veces son los ancianos los que…
--… Agreden a las mujeres. – Esta vez fuimos las dos las que asentimos con la cabeza.
Yo sigo por instinto. Me encontraba en ese momento revolviendo frenéticamente mis palabras en la cabeza cuando ella dijo, tuvo que repetir lo que dijo porque yo ya estaba empezando a articular sonidos que aún no sabía cuáles eran, y hablo bastante alto, así que me callé y ella repitió:
- Hay que usar el criterio.
Ante lo cual a mí me cambiaron de súbito el juego y me le quedé viendo a los ojos. Me pareció que decía la verdad así que lentamente debí de ir cambiando mi gesto. Quizá doblé la cabeza. La cosa es que pronto me di cuenta que no había más que decir, asentí con la cabeza y me retiré.
Me quedé varios minutos – segundos en el andén esperando el tren. Dando vueltas. Luego me di vuelta, decidida, pero entonces me di cuenta que la policía estaba usando su radio y no la iba a interrumpir. Así que di una vuelta en el aire e hice como que caminaba en círculos. Cuando escuché silencio la miré a la cara y le pregunté: ¿ENTONCES POR QUÉ ERES POLICÍA?
Por un momento ese ser humano bajó profundamente la mirada hacia la izquierda. Con destellos fugaces hacia la derecha. Después me hizo explicar la pregunta.
Le dije: yo también creo que la ley se tiene que aplicar a veces sí a veces no.
Me miró reprensiva.
Quiero decir –continué—, dejaste pasar a ese señor aunque la ley dice que no puede pasar, aún sabiendo muchas veces son los ancianos los que abusan de las mujeres, quizá a éste lo miraste y dijiste “está bien” y lo dejaste pasar.
La policía asintió. Al parecer había sido así.
…a veces es más justo romper la ley, no obedecerla, ¿no le parece que es mejor? –Continué.
La mujer no estaba de acuerdo.
--Usted acaba de dejar pasar a ese señor, --le dije--. Y usted dice que es porque hay que usar el criterio.
Asintió con la cabeza.
--Pero la ley no dice que hay que cumplir la ley a veces sí y a veces no…
Silencio.
Le expliqué que su actitud de tener que usar el criterio era muy poco policiaca. E hice el gesto de felicitarla.
Ahí me interrumpió. Dijo que había que cumplir la ley. Que ella policía y que siempre había que cumplir la ley. Dijo algo acerca de que cumplir la ley es siempre usar el criterio, pero no con esas palabras. Ante lo cual yo tuve que decir que ella había hecho precisamente lo contrario. Que si yo quería, si a mí me molestaba, ella le pedía al señor que se retirara. Pero que eso fue precisamente lo que hice en un principio y sólo me dijiste que sí. ¿Quiere que lo saque? No. Yo lo que quiero saber es por qué es policía.
Esperaba que me dijera que ella en el fondo no quería hacerlo y así yo poder salvarla de ese horrible oficio que en aquellos momentos nos juntaba. En vez de eso me dijo que era policía porque estaba capacitada. Le dije que podía estar capacitada para otras cosas. Yo ya me la imaginaba de comandanta dirigiendo a las tropas rebeldes. Pero se encogió de hombros y me dijo: porque eso es lo que soy. El tren había llegado. Ella lo había visto llegar con una mirada de salvación, pero yo no me había movido un centímetro mi mirada de sus ojos castaños. No estaba molesta, estaba inquieta pero no estaba segura de que yo fuera una persona molesta. Si hay que usar el criterio, tú sabes lo que hace la policía, ¿por qué eres policía? Se hizo la desentendida, así que le repetí con claridad: Tú sabes lo que hace la policía. No todos, me contestó. Le deseé suerte y me subí al tren antes de que se fuera porque aunque yo hubiera esperado el otro tren, no había más que decir.
En cuanto me subo al vagón empiezo a procesar lo que ha pasado. No dejo de pensar en ello todo el camino. Not all policemen.
La conversación real quizá ha quedado grabada en la radio del policía. Mientras tanto lo que me acabo de inventar en la vida apenas ha pasado. Me pasa muchas veces que, por decidir pararme e intervenir en una situación, me pasan cosas que no puedo prever. A veces insólitas. Y después de esos acontecimientos me quedo con mucha energía en el corazón y me quedo masticándola todo el camino. Volteando la historia de un lado para otro tan rápido como mi mente puede pensar. Si de por sí una conversación es difícil de transcribirse, las ideas probablemente son imposibles. Lo primero que me pregunto después de una situación así es si me siento bien o si me siento mal. Todavía antes de llegar a mi destino me puse a recordar su rostro, para poder identificarla después en caso de que me la encuentre un día como compañera de lucha, que esas cosas pasan en este país y también en eso venía pensando. Es una ocupación inútil para mí intentar recordar rostros, siempre se me olvidan.
Entrando a mi cocina para calentar leche me vino a la cabeza que quizá estaban cumpliendo una ley anterior. Una ley misógina que en este contexto significa resistencia: hacer cumplir la ley anterior a la conquista. Y esa ley, quizá, designa que a los ancianos se los tiene que tratar con más respeto que a las mujeres. Y ella, mujer, iba a hacer cumplir la ley porque es policía. Quizá.
O quizá la ley que está ejerciendo no son residuos de la antigua ley de la cultura que ha sobrevivido en resistencia hasta nuestros días en estas sus tierras. Sino que quizá está ejerciendo la ley moderna y real de la policía del Estado Mexicano: una ley que confunde y envenena, que se aplica a veces sí y a veces no, por la ley mayor es joder al ciudadano: desorientarlo, hacerlo sentir frágil ante el universo simbólico. Aunque ella no lo sepa.
En algún punto en alguno de los vagones de la línea azul, tengo el recuerdo así entre tubos iluminados por el sol, pensé que si la lucha social no se adapta a las circunstancias del México profundo y queda como lucha burguesa, por paradójico que suene la resistencia de la cultura mesoamericana quedaría en manos del poder efectivo en estas tierras. Porque este territorio no va a aceptar una lucha de liberación que signifique la muerte de la resistencia de su cultura. Y si para ello es necesario seguir con el PRI, seguirán.
Estaba esperando que la policía me dijera que había sido todo un error, que ella no quería ser policía pero que la vida la ha orillado a eso. Pero, ¿y si la policía sí era policía? ¿Si tenía verdadera voluntad de policía? ¿Qué con eso? Tendríamos que suponer por el comportamiento de la policía cuál es la ley que verdaderamente impera en este país. Esa ley que ni siquiera está escrita, pa poder cumplirla al pie. En mi camino me encontré con una patrulla estacionada en Tlalpan medio en la banqueta y medio en la calle. En la realidad aceptamos que la policía se comporte así. En cierto nivel aceptamos que ellos tienen permiso de hacer cosas que a nosotros se nos tienen prohibidas, a su criterio. ¿Así era la clase guerrera en Mesoamérica? O quizá no se trate de una actitud de resistencia, sino de la mera estructura del poder.
Sería bueno pensar que la policía en este país es un fracaso y una burla porque los policías que contratan en realidad no tienen voluntad de policías y se están haciendo los payasos para obtener un ingreso. Pero qué tal que no es una burla y un fracaso, sino una estrategia intencional de poder. O quizá ni es intencional ni es un fracaso, sino un método de resistencia considerando que no hay policías rubios. Quizá la cultura militar precolombina pervive fuertemente en las fuerzas armadas del país. Y si es así sin duda no puede ser intencional pero también sería una estrategia de represión. Al final. De resistencia aunque de represión también.
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