Una vez leí a alguien opinar que admiraba a las personas que eran capaces de escribir mucho en una sola sentada. A mí se me salen las palabras. Los textos cuando ya están acabados (?) tienen principio y final, y pueden dar la apariencia de haber trazado un camino linear. Pero la verdad es que hay muchas maneras de conformar un texto. Uno le puede cambiar el orden a los párrafos, a los enunciados. Las posibilidades al momento de crear un texto son monstruosas. Hay demasiados inicios. Para contar una cosa es necesario haber contado otra. ¿Qué es lo que es necesario contar que no necesita previa narración? ¿Cómo continuar un texto?, porque como las montañas, hay muchas rutas para llegar a la cima. Así la vida ha tomado muchas rutas para llegar hasta mí en este momento. La cosa es que yo quiero hablar de esa vida que ha tomado todas las rutas, pero la vida las ha tomado todas al mismo tiempo, e incluso de reversa, con una rapidez parecida a la del pensamiento, que salta de una idea a otra y puede verla al revés al mismo tiempo que la capta. Para escribir, en cambio, o para hablar, sentimos que tenemos que tomar un camino u otro.
Lo que acaba por ser enunciado resulta ser de una fabilidad espeluznante.
Esta multiplicación de las palabras, conceptos, ideas y argumentos guardados como cartas bajo la manga es como la orzuela del lenguaje. Detrás de cada palabra escrita podían haberle seguido otras diferentes. No se trata de una ocupación ociosa sino de la feliz verdad de las cosas, que se nos avecinan todas al mismo tiempo y no una por una como quisiéramos escribirlas. Orzuela del lenguaje y de las ideas. Complejo de Edipo entre ideas, las pequeñas ideas-retoño acaban casándose con sus ideas progenitoras y en general es todo muy difícil de soltar, como si quisiera quedarme con todo y no con una sola parte.
Entonces leer –o pensar— es como estar revoloteando cosas en el bolso buscando algo. Todo el contenido positivo, que es lo que hay, sale volando, se difuminan las luces y las sombras, y de pronto me parece lo mismo: mis cosas tiradas en la calle de tierra o mis cosas tiradas en el piso de parquet de la sala. Veo mis cosas tiradas, pero el fondo (y las cosas) se me descomponen: a veces es el piso de parquet de la casa en Buenos Aires, a veces es la vereda de tierra de aquel pueblo en que vivíamos, mis aretes en el suelo, las hormigas subiendo por las cosas de la cocina, al borde del pastizal. Y de pronto no son las cosas tiradas sino mi ropa, mi ropa que desaparece. Y es mi ropa desapareciendo en varios momentos de mi vida. Cuando intento recordar esto, esto es específico, los recuerdos se me confunden, la mente se oscurece, estoy casi riéndome de mí misma por tener el proyecto de explicarlo. Frente a la pantalla en blanco y el indicador de texto parpadeando.
Me quedé tres días sin poder moverme. Al volver de la casa de Paty a mi casa en Buenos Aires, con todas mis cosas abiertas y revueltas, lo primero que hice fue dejarlas en el piso de la sala, que es el primer cuarto a donde se entra, y empezar a revisar qué faltaba. Fernanda se solidarizó conmigo y se ofreció a llamar ella personalmente a Paty. Creo que lo hizo. Por supuesto, no tenía idea exacta de las cosas que llevaba. Empecé por el dinero y por los papeles, el pasaporte y otros papeles importantes. Seguí por el coche, papeles del coche y esas cosas. Revisé todo. Lo revolví todo aún más, de modo que todas mis cosas, todas mis pertenencias absolutamente, quedaron desperdigadas por el piso. Al final no faltaba nada, pero teníamos dos martillos extra que por alguna maldita razón Patricia había incluido en la maleta. Fernanda se fue. No recuerdo cómo logré convencerla de que se fuera. Y yo, en algún momento de esa noche interminable, me acosté en el sofá rosa y no supe más. Cuando desperté, no podía moverme.
Sí me acordé del dinosaurio ahí acostada.
No me pude mover por tres días.
Al cuarto día el dolor ya era suficientemente soportable para poder levantarme.
Para ser justos, debo haber dormido todo el primer día seguido. Vamos a ver: yo tengo recuerdo de mí acostada en el sofá mirándome los dedos de los pies y moviéndolos. Eso porque estaba pensando en Freud y en las paralíticas de Freud, pero ellas no podían mover los dedos de los pies. Ahí mismo en el sofá me dije a mí misma que parálisis no era. Pero me acordaba de aquellas mujeres de Freud que no podían caminar porque yo no podía levantarme. No era mamada. No podía. Cuando intentaba hacerlo, el dolor en la espalda era mortal. Pero tampoco podía levantar las piernas sin dolor. Y sí: todo me dolía. Los brazos también.
Al cuarto día me levanté por agua, sólo para regresar al sofá. La habitación estaba arriba así que ni hablar de subir las escaleras. Al cuarto día aún el dolor era tan intenso que tuve que ir doblada a la cocina porque no podía enderezar la espalda porque el dolor era tal que pensaba que si lo forzaba me iba a hacer daño: no pude enderezarme. Volví a la sala a descansar y desde ahí veía todo mi desmadre en el piso. Recuerdo haber tenido, pese a todo, una sensación de bienestar por pensar que todo por fin había acabado.
Pasé un quinto día más en cama. Creo que desde que me di cuenta que no me podía mover, empecé a hacer breves pero continuos ejercicios de estiramiento del cuerpo, Aunque al principio era sólo un automasaje y autocuidado, recuerdo que para el quinto día levantaba las piernas acostada en el sofá y hacía estiramientos, pero aún no me podía levantar y enderezar. Para levantarme tenía que rodar en el sofá, caer levemente en el piso y ayudarme del sofá para levantarme, pero no podía enderezarme.
Fernanda llegó uno de esos días, creo que el quinto, a preguntar cómo estaba. Todo estaba exactamente como ella lo había dejado, le explique lo que pasaba y nos reímos, y me hizo un masaje. Sí, fue así. Al día siguiente pude levantarme.
Fue en los primeros días de agosto de 2016. Del primero al cinco, una cosa así. Yo empecé psicoanálisis en octubre y para entonces aún me dolía la espalda. Como si me hubiera dado un gran golpe pero pues no me di ningún golpe. Ni sentí ningún dolor particular al regresar aquella noche de casa de Patricia, pero también estaba yo tan tensa que quizá hubiera sido imposible sentir dolor.
Resulta increíble. Pero fue así: yo misma me quedé atónita de no poder levantarme. Lo sé. Yo misma no puedo creerlo, pero me recuerdo perfectamente ahí. Lo siento, fue así.
Después de esos 5 días sin poder moverme, 3 en los que hay que entender esta descripción de la forma más rigurosa posible, empezaron 12 días de una introspección extraña y profunda. Al psicoanalista que empecé a ver en octubre, Oswaldo, le llamó la atención que hubiera contado los días. Yo los llamo los días de locura.
Empecé a arreglar mis cosas, obvio. Empecé como se empiezan las vidas nuevas, con el entusiasmo de tener lápices nuevos para el nuevo ciclo escolar y el olor de todo ese material; empecé, lo juro, con ese entusiasmo pero a la vez con un cansancio infinito. Con cero energía. Sin tener ni la más remota idea de todo esto que me había pasado, ni qué iba a suceder después, pero con el entusiasmo y la felicidad de que sea lo que sea, eso había acabado y yo era libre y dueña de mi vida otra vez.
Lo primero que hice fue poner cortinas. En todos lados, cerré por completo el cuarto en el que me encontraba. Puse cortinas incluso en los vidrios de la puerta interior. No sé por qué, ése fue mi deseo: cerrarlo todo con cobijas y cualquier cosa que me encontrara. Y después me quité la ropa. Me recosté en el piso y empecé a hacer estiramientos y respiraciones. Aún no sabía nada de yoga, pero lo que hacía me recordaba mis ejercicios de gimnasia que hacía cuando era niña, y ese recuerdo de mi infancia empezó a consumirme. Como si con desesperación intentara recordar quién era yo.
Así fui internándome en un viaje mental, aferrada a ideas de lo que yo había sido y al mismo tiempo ordenando difusamente las cosas en mi cabeza. Empecé a escuchar con mucha fuerza voces interiores, explicaciones o sentimientos que parecían salir espontáneamente de mi cabeza. Creo que llegué a escuchar voces verdaderamente. Voces que me explicaban cosas. A las que tenía que aferrarme porque eran las únicas explicaciones que tenía. Solía volver al sofá a pensar y también a masturbarme. Me masturbaba frenéticamente y mientras lo hacía mis fantasías acerca de lo que pasaba, crecían. En la ensoñación semiconsciente veía imágenes de insectos gigantes que me hablaban y que tenían intenciones buenas o malas conmigo, y yo simplemente me entregaba a toda esa locura sin resistencia. No tengo un recuerdo exacto de lo que pasó esos días. Pero recuerdo haber hecho cosas como poner una araña y una uva pasa debajo de una silla, y cubrirlo todo con una manta para que platicaran. Y después encendía una vela y meditaba por ellas, por la araña y la uva pasa, que era la reconciliación entre mi abuelo paterno y mi madre, algo así como una reconciliación entre lo europeo y lo mexicano en mi vida. Puse otras cosas a platicar debajo de las sillas, pero ya no las recuerdo. También empecé a hacer cartas de tarot y esos días usaba cualquier cosa como señal de adivinación e interpretaba esas señales sin dubitación. Para mí ésa era la verdadera realidad.
Cuando Fernanda volvió, me encontró así: con todas las cortinas y cobijas cerrando las ventanas y con velas prendidas. Me vestí antes de que subiera.
Creo que aquella vez nos peleamos.
Hice el recuento de los días una vez que empecé a quitar las cortinas: doce días me aventé así. No tengo recuerdo de cómo terminó. Sólo sé que me debo haber masturbado como 24 veces cada uno de esos días, que pasé el tiempo cuidando mi propio cuerpo, pero sin comer, estirándolo, durmiendo y acariciándolo. Y escuchando voces que me explicaban cómo era el mundo, voces a las que yo les creía más que a cualquier otra voz que escuchara.
Recuerdo que en una de ésas me llamó mi papá al celular. Me recuerdo a mí misma saliendo de la casa, caminando en círculos por el patio, discutiendo con él. Gritándole. Parecía que él tampoco escuchaba lo que yo decía, que lo que yo decía por alguna razón era distorsionado antes de llegar al entendimiento del otro. A gritos hablaba. Y no recuerdo haber tenido ningún pensamiento acerca de si otros estaban escuchando lo que decía, que eran cosas super íntimas y yo las estaba gritando, enfurecida.
Y después de esos doce días no recuerdo nada más. Recuerdo que quité las cortinas.
Un día llegó Fernanda y me pidió que me viera en el espejo. Me levanté y fui al espejo. “Levántate la camisa”, me levanté la camisa. “¿Ves esto?”, Fernanda señalaba mis costillas. Primero pensé que exageraba. Después me pidió que me diera vuelta y que volteara a verme la espalda. La verdad es que la espalda no me la había visto. Me pidió que me sacara el pantalón y aparecieron mis nalgas. Fernanda empezó a llorar mientras me explicaba, yo de espaldas al espejo y tratando de voltear el cuello para verme, que esa separación y ese hoyo entre las nalgas no era normal. Me señalaba cada una de mis vértebras, desde el coxis que se veía completo. Me hizo voltearme de nuevo. Me explicó que el hoyo que tenía en la boca del estómago era un mal síntoma, que significaba hambre (yo no tenía hambre). La recuerdo diciéndome que parecía prisionera de un campo de concentración nazi, mientras lloraba.
Esa tarde acordamos que iría con un psicoanalista y que empezaría a comer obligatoriamente, tuviera ganas o no.
Fernanda me llevó a comer al restaurante de la esquina, que me gustaba mucho. Pedimos ensalada de pera con queso, que era mi favorita, y salmón a la plancha, que también era mi favorito. Recuerdo haber comido con dificultad y no acabarme los platos. Recuerdo haber llorado sobre la mesa, y haber tenido vergüenza por ello. Y recuerdo que era mi cumpleaños. Cumplía 34 años. Así que no recuerdo qué día era aquel en que Fernanda me enseñó el espejo, pero debe haber sido unos días antes. Mi cumpleaños es el 3 de octubre, creo que fuimos el 4 a comer juntas. Habían pasado dos meses desde aquel día que quedé postrada en el sofá. No recuerdo esos meses.
Fuimos al super esos días, juntas. Recuerdo que mientras caminábamos rumbo al super me di cuenta que hacía mucho que no había hecho ese camino.
Fernanda me consiguió el contacto de un psicoanalista con su amigo, el que era dueño de la casa. Su amigo incluso fue a verme y a hablar conmigo. Se hizo mi amigo un poquito porque con él por fin pude hablar con alguien. Y fue así que los primeros días de octubre aterricé también en el consultorio de Oswaldo. Hice un resumen lo mejor que pude, a pesar de las condiciones simbólicas en las que estaba. Recuerdo que cuando pasé por la parte de la parálisis, Oswaldo hizo un gesto de descreimiento. Yo en ese momento revisé mi cuerpo y descubrí, fui consciente, de que la zona aún me dolía. Y así pues, con esa certeza corporal, y nada más, tuve que reiterarle que lo que decía era verdad. Me ofreció tomar clonazepam, pero no acepté.
A Oswaldo sólo lo pude ver tres veces, porque se fue de vacaciones a Europa un mes. Cuando el mes se cumplió, no volví a llamarle.
Por aquellas épocas compré, con el dinero y el permiso de mi padre, una computadora nueva, un cuchillo y algunas otras cosillas. Salía poco y cuando lo hacía, sentía esa inseguridad que se siente con la agorafobia. Recuerdo mi camino a comprar la computadora, y también mi camino a comprar brassieres, mi camino a hacerme un tatuaje, mi camino a comprar un cuchillo. Tenía cosas muy específicas que comprar. Cocaína, por ejemplo.
Tenía mucho miedo y ansiedad. Lloraba mucho. Me recuerdo con la computadora nueva y la bolsita de cocaína, intentando escribir lo que había pasado. Las palabras salían y agarraban su propio rumbo, como si caminaran todos los caminos a la vez. No se entendía nada. Podía escribir lo mismo una y otra y otra vez. Se me revolvían las palabras.
A finales de noviembre, creo, volví con Oswaldo. Cuando salí de ahí, regresé caminando a casa. Y pasé a la farmacia a comprar clonazepam con la receta que me habían dado.
Recuerdo que yo lo que quería era dormir. Y que las pastillas no me hacían efecto para dormir, y que me tomé muchas pastillas, de dos en dos, hasta que me quedé dormida finalmente. Creo que acabé tomando como 0.8 mg. Después Oswaldo, que también era psiquiatra, me subió la dosis a 0.5 mg al día.
Recuerdo pocas cosas de esa época. Recuerdo haber dicho un millón de veces que lo que necesitaba era que me escucharan, y que esquizofrénicamente no encontraba escucha. Recuerdo la necesidad de escribir, como sustituto de la escucha, y frustrarme en el intento. Quizá haya publicado algo de todo eso, no lo sé. Pero sí sé que existe registro en mi Twitter.
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