Dejé la matera en la mesa vieja de cristal; hacia frío. La cocina estaba limpia: un plato húmedo al lado del lavabo, el horno que reflejaba mi imagen, el silencio y un cenicero con dos cigarros apagados minuciosamente. La luz se filtra entre las plantas a las seis de la tarde en otoño, y la mesa, con la cara recargada entre sus patas, hace como si me sonriera.
Te pregunté si te ibas a ir, me dijiste que no; pero tu gesto pareció dubitativo. Tu mirada se nubló, o no sé si fue la mía; de cualquier forma, ¿importa? Aquella luminosidad otoñal empezó a notarse, yo temí lo peor “¿Qué puede ser peor?” me dijiste, pensaba que lo peor nunca se nota en el momento, pensé en silencio y encendí el tercer cigarro con afán de distraerme de la situación; pero, no dio resultado. A veces cierro los ojos e intento recordarte, ¿cuándo fue la última vez? Las plantas que detenían la luz no impidieron que los azulejos blancos y negros de la cocina empezaran a levantarse; pensé que el pegamento que los sujetaba al piso no era lo bastante resistente como para mantenerlos en su lugar, maldita luz, ¿cuándo me entregaran las cortinas? Nada funcionaba, yo seguía recordándote sin poder hacerlo; ¿cómo era tu cara? Te tenía ahí clavada en la memoria y los desgraciados azulejos no dejaban de estirarse como si acabaran de despertar después de ¿cuántos años tenía la casa? Recordaba, eso sí, dónde guardaba el viejo inquilino el pegamento para pisos, me levanté para ir por él pero, al dejarme caer sobre el suelo, el azulejo que se encontraba justo bajo mis pies cambió totalmente de lugar. Creí que iba a caer, que iba a morir: en su lugar dejó un gran agujero del tamaño exacto de un azulejo. No fue así, no morí: el piso, ciertamente, no había desaparecido; pero los cuadros seguían moviéndose, alineándose por colores contradictorios frente a mí. Me urgía el pegamento, pero, pensé, los azulejos se habían agrandado y no me explicaba cómo los iba a volver a meter en sus lugares. No importa, eso lo resuelvo cuando tenga el pegamento, el problema principal era llegar hasta la bodega y abrir la segunda caja que se encontraba al fondo del último cajón a la derecha. Ayer no hubiera sido difícil, hoy los azulejos intercambiaban lugares entre sus filas no permitiéndome ver hacia dónde estaba la bodega. Pensé que lo mejor en los casos de desorientación como el mío era no moverse y pensar; así que me senté encendiendo un cigarro, pero, esta vez, no hallé piso sino un hoyo, un largo e inesperado hoyo que sentí al esperar sentarme. Me detuvo un azulejo negro, caí de golpe. Me levanté asustada y corrí hacia la puerta, ¿y dónde estaba la puerta? Di algunas vueltas a la izquierda, volteé a la derecha, me tropecé y vi, entre dos azulejos que se burlaban a sí mismos, a la silla donde me sentaba: corrí hasta donde pude esquivar los hoyos y los pasadizos que se formaban con esa locura de reflejos oscuros y blancos. Antes de caer me pregunté si eso, acaso, era un sueño; no, no lo era. Al menos no era un escape momentáneo del tiempo, no era una alucinación, no era ninguna fantasía: era, si bien es todo lo anterior, mi vida. Mi vida la real y mi vida los recuerdos, la mía, la que siempre ha sido. Me dormí.
Desperté en la cocina; todo era un desastre, yo misma era un desastre: tenía en mi ropa pedazos secos de pegamento para pisos, y a mi alrededor pasillos negros y blancos, de esquinas con ángulos diversos y diversas opciones para empezar a recordar. Me despegué del suelo; el cuerpo me dolía, tenía los brazos y las piernas amoratadas, un golpe en la cabeza que, imaginé pues no podía verme, era de gravedad. Caminé hacia donde mi nula ubicación creía que estaba la cafetera, era preciso despabilarme de inmediato si no quería quedarme dormida en la oficina. A tres horas de caminata encontré la cuchara. Seguí buscando el resto del equipo y; después de recoger una parrilla de estufa, tres vasos de plástico amarillo y lo que parecía ser el aspa de la licuadora que jamás usé; hallé el café en polvo. Me paré a la mitad del pasillo más amplio que pude ver y, con cara de quién responsablemente asume su falta, imaginé encontrarme frente a un espejo y empecé a arreglarme. En un vaso puse una cantidad considerable de café y la cuchara, a falta de agua chupaba de vez en cuando la cuchara llena de café. Con el tiempo aquel polvo no me supo tan mal.
Acomodé mi oficina en un recodo de piso, entre lo que parecía ser la alacena y una bolsa vacía de galletas. Me acostumbré a no preocuparme tanto, habían pasado varias semanas –hasta donde pude contar el tiempo, con base en mi horario para dormir y el cansancio, concluí que habían sido semanas-- y aquel laberinto no parecía tener un fin... aunque, en el fondo, aquello me preocupaba aún más. Ocupaba mi tiempo recolectando galletas en la mañana, y mordisqueándolas por la tarde, arrodillada, imaginándote. Tu invocación se me volvió vicio. De alguna manera pensaba o creía que con esa especie de memoria al estilo de un tributo podría recuperarme. En esas caminatas matutinas perdí dos veces la idea de dónde estaba, tuve que regresar, perderme, sentirme aliviada de reconocer viejos caminos y exasperada al darme cuenta de mi error; acababa siempre armándome otra oficina, detallando la excusa que le daría a mi jefe tan pronto como acabara de encontrarme. El café me duró un buen rato, aunque he de reconocer que la cuchara la perdí pronto; al final era una andrógina más llevándome a la boca polvo granuloso de cafeína con los dedos manchados de ese oscuro color, me alegré de que nadie me viera. Hasta que se me acabó; lo sabía, sabía que aquello no duraría para siempre; dejé el vaso café amarilloso en alguna esquina, y desde entonces me dediqué a ser una vaga sonámbula, quedándome dormida en cualquier lugar; buscando siempre la salida, llorando, a veces gritando, y maldiciéndote, siempre maldiciéndote, siempre extrañándote; abusando de mi melancolía, por que extrañarte era un abuso, lo fue siempre, pero nunca más que es esos momentos.
2.
Con los años, las formas y el cansancio, he encontrado gente. Gente que empezó a cruzarse, primero de lejos, luego más cerca; la encontré cuando ya nada importaba, cuando los pedazos de pegamento pesaban demasiado y las manchas de café me habían inundado; cuando el sueño se me pegaba en los ojos como cataratas que escurrían indiferencia. A ellos, a la gente, tampoco parecía importarles mucho mi poca estética de presentación. Y me pregunto qué clase de mundo nos hemos construido en mi cocina; aunque lo sé, siempre lo supe: eras tú, impregnada en las paredes que se ensanchaban y de las que no he podido salir. Y de vez en vez, parada frente a la mesa, cuando encienden las luces y los reflejos me rodean, veo una extraña sonrisa recargada en unas patas... ¿serás tú que me sonríes? A veces me da por devolverte la sonrisa, pese a que sé, que aún por estos días, al encontrarme un espejo, no eres tú la que está ahí; y me queda la esperanza de que el espejo sea mentira.

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