27 may 2007

Edificio quemado y sistema T

Qué hace una estudiante de filosofía en un edificio que se quemó, en una ciudad que vive a cuatro grados sobre cero, sin luz-ni-gas-ni-calefacción-ni-tiempo-para-pelearse-con-los-del-seguro... hablo del edificio, claro. Escrito a finales de marzo del 2004.

Llego a mi casa. Me bajo del autobús en la avenida y camino dos cuadras por una calle transversal hasta el café Cambell. Me tomo un café con leche que me dura lo mismo que los veinte minutos de publicidad de TVE. Miro alternativamente la calle y la televisión. Maldita televisión que uno no puede dejar de mirar ni en los cafés, ni en los autobuses, ni en el metro, ni en las salas de espera, ni los domingos tirados comiendo pipas y cerveza. Y maldita, ante todo, la TVE. Volteo la cabeza y miro al encargado, curiosa de lo que hace en estas horas de cafés vacíos, pensando si no podría cambiar el canal, pero ¿para qué?

Dejo caer el cigarro en el cenicero con agua y dejo el último trago del café con leche, salgo de ahí cuando los anuncios continúan, y entro a mi edificio. Subo dos pisos llenos de ceniza, polvo, cables y basura. Vuelta aquí, vuelta allá, cruzo tres pasillos igualmente sucios y meto la llave en la cerradura de mi puerta. Home sweet home, digo en voz alta. Miro bien la habitación. No subí las persianas en la mañana, las toallas están aventadas en el sofá y las puertas del clóset abiertas. Home dark home, y hablo en voz alta otra vez, cantando. Mientras me dirijo a las persianas, voy dejando a mi alrededor la chamarra impermeable para estos días de lluvia, y el morral viejísimo y sucio con todo lo que me espera para la tarde: los diagramas para la semántica del sistema T (y en el fondo de mí, ¿qué es filosofía, mujer?) Abro las persianas al patio mojado y vuelvo a cantar home sweet home, home dark home, mientras le doy tres jalones a las sábanas y la colcha. Tendida en un instante, pienso, y sigo cantando hasta el baño porque me muero de ganas de hacer pipí. El baño no tiene ventanas, y sin luz no se ve casi nada. Sentada ahí aprovecho para recoger la pijama del suelo, con la que me tropecé al entrar al baño. La levanto, la doblo y la dejo en la silla del baño, silla que hace de estacionamiento momentáneo de ropa que aún no se define como sucia o limpia, sobre todo en estos tiempos sin lavadora y tanta lluvia. Dejo la parte de debajo de mi pijama ahí mientras me digo: mi pijama. ¿Y dónde estará el resto? El cuarto está demasiado oscuro para ver. Me doy cuenta que ni siquiera me he quitado la bufanda. No sé por qué, pero me subo la bufanda blanca y negra hasta taparme toda la cara, y siento un calorcito en la nariz que me hace dejarme así y acordarme de todos mis músculos que anoche no pudieron dormir. Con la bufanda en la cara abro los ojos y no se ve nada. Alfonso me preguntó hace dos días qué sentía cuando veía la oscuridad. Traté de saber qué sentía mirando la oscuridad con la bufanda en la cara, pero me di cuenta que así no servía. Que uno tenía que cruzar una serie de pasillos de un edificio completamente a oscuras en la madrugada de algún sábado borracho para que la cosa funcionara, si no, no. Así que me bajé la bufanda hasta el cuello y miré las cortinas de tela de la bañera. Son cortinas satinadas que le dan al baño un aspecto de viejo y bonito, pero apenas se veían por la poca luz que entraba por la puerta. Me pareció extraño que se vieran. Hace dos segundos estaba yo ahí, con la nariz a treinta centímetros de esas cortinas y la bufanda en la cara, y no se veía nada. Luego por nada me la quito y se ven. Poco, pero se ven. Quiero decir, aparecen a treinta centímetros de mí. Están ahí. Siempre estuvieron ahí, claro. Pero no. En realidad no. En realidad, la mera verdad, es que con la bufanda en la cara no estaban ahí. Y me pregunto, pero esta vez sólo lo pienso y no lo digo, si no es raro que las cosas se vean.

Así que termino de hacer filosofía en el baño y de paso, cuando abro completamente la puerta para salir, encuentro la otra parte de la pijama que ya sólo levanto hasta la silla de mimbre que queda bastante bien sentada paralelamente al escusado. Al váter. Al escusado. Al váter. Oliveira, cállate.

Me dirijo del baño al sistema T de mi escritorio, pero hago autoestop en la cocina para lavar la lata del paté con el que cené anoche, y tirarla en la sección basurera de “envases”, contenedor amarillo cruzando la calle que está mojada con estos días y en la bolsa colgada del refri (frigo, refri, qué demonios ¿a qué huele?). La lavo, salvemos al planeta si esto tiene solución, pero al final, ¿las cortinas estaban o no? Seriamente, digo.

Salgo de la cocina. A estudiar lógica claro, pero con este sol que no hace... y el piso lleno de basuritas. ¿De dónde salen tantas? Hace dos días barrí, estoy segura. Barrí toda la casa, y mira, a los pies del librero, ¿de dónde sale? Doy un suspiro que no me sale de tanto humo y consternación en el alma. Si hubiera sol, pienso.

No hay más. Hay que llegar hasta el escritorio y limpiarlo. Y quitarle esa marca de taza de café (qué tazotas, me las traje de México, ¡y ésa dice tiene tu nombre!, me la regaló mi abuela, ¿la mandó a hacer? Preguntan ingenuos, y yo me río y les cuento de un Liverpool que es como un Corte Inglés pero da igual porque de todas formas no conocen el Corte Inglés más que por el nombre, pero aprovecho para contarles como al sub lo despidieron de la sección de discos del..., ¿qué sub?, ¿cómo que qué sub? Pregunto histérica, y después de un largo paréntesis de este mundo porque con la pobreza, ah, el enmascarado, dicen, mientras miran su foto pegada en mi corcho).

Y en fin. Había que limpiar la mancha de la taza. Las circulares que quedan cafés. Marrones. Cafés. Café es café. El café es café. El café es marrón. No, el café es café y es negro. Café con leche.

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