1 jun 2007

3 maneras.

1.Por las noches los recuerdos me acosan. No puedo dormir. Son cada vez más una serie infinita y psicótica de ecos copiándose unos a otros. Lo que se ha dicho, lo que hemos dicho, lo afirmado, el suelo positivo donde alguna vez fue real eso que ahora es cada vez más una voz inaudible en la propia garganta —que intenta inútilmente rescatarlo.

Apenas puedo notar esa anemia paulatina que van teniendo nuestros recuerdos. Como dos barcos pequeños, de esos pesqueros del malecón, flotando en el mar: se sabe que se alejan, pero tanto van y vienen que es imposible decirlo. La razón nada puede hacer por ello. No hay modo de dar noticia de lo que pasa, de hacer un comentario, de subrayarlo con rojo. No hay modo de advertirte bonita te quiero y te amo, lo sé —no hay modo de advertirte. No hay más que quedarse dormida, extendiendo las manos y las piernas por las sábanas tirando un eco de otro, a sabiendas de que cada uno es más eco que el anterior. Y sofocarse, pacientemente, de tanta impotencia y tanta voz inaudible en mí misma.


2.Por la tarde la vida es un eterno sobresalto. Arranco el coche y de pronto has desaparecido del asiento del copiloto. Así. No tardo más que unos segundos en asimilarlo, en recordar que te llevé al aeropuerto, que tomaste un avión, que me dijiste adiós pasando ese estúpido detector de metales, que hubo todo un proceso. Pero pareciera que todo eso hay que volver a explicárselo al asiento abandonado de mi coche, que todos los días suelta alarido tal que me hace pensar en abducciones extraterrestres. Ya ves que yo pienso muchas cosas.

Y no se trata sólo del coche, es la misma historia por el Periférico entero. Le haces falta a todo. Le haces falta al final de tu calle. A las batas de todos los odontólogos, biólogos y químicos que pasean por la facultad de filosofía, desconocidos que no hacen más que darle la razón al asiento de copiloto de mi coche, a la pantalla de mi celular en cada momento en que me entra una llamada, que no es la tuya, e incluso al espacio vacío al que volteo cuando quiero reírme contigo de Seindfield. A ese espacio vacío cuando quiero reirme contigo. Lo que me queda son pequeños destrozos de un mundo amputado, eventuales incongruencias. Como si a mi gato le faltaran las orejas, como si tal, tan normal. Uno lo nota, y pareciera que no es el gato sino las orejas, y no que nos miran sino que nos gritan que hay algo que no está bien en este mundo. Tú. Ya sabes que yo con las orejas…

3.Pero por las mañanas, en ese momento en que sé que ya estoy despierta sin abrir los ojos, antes que cualquier cosa, extrañarte es como encender un cerrillo que se queda humeando hasta entrada la noche. Por las mañanas al cuerpo le sucede que el alma ya no le cabe, y se abulta, se retuerce y busca como si la cosa fuera en serio, como si de verdad uno tuviera años enteros guardados en las manos —y se sabe muy bien que van apenas tres días, pero es como si se guardaran de antemano todos los días que van a faltar.

La cabeza, desesperada, no hace más que revisar con obsesión todos los recuerdos que tengo de ti, y de manos, cinturas, deslices, miradas que vigilan recorridos. La mente revisa los recuerdos como si fueran videoclips editándose continuamente de una manera que no puedo controlar, de una manera que ya no puedo pensar. Los detalles de los recuerdos simplemente me suceden, me recorren. Hasta, por supuesto, sentir que voy a explotar. Pero nunca lo hago. Me quedo con la tensión ahí entre ecos, voces abdominales inaudibles, pesqueros que nunca terminan de irse, batas decapitadas y demás contradicciones que me esperan.

La desesperación no hace más que abultarse cada día, la traigo todo el día hasta la garganta a punto de escupírsela a cualquiera. La lengua está tan en mi boca, en un mundo tan de insólita ficción, que con un sólo beso… uno sólo.


Resaca de Semana Santa del año pasado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó, ojalá sigas escribiendo más cosas.