Uno más bien tira una piedra en la cabeza del otro. Leve, no queremos lastimar a nadie. Especialmente a nosotros mismos. Se tira una piedra como a un pozo, y se intenta medir con el oído la profundidad. Es decir, medimos con las palabras con las que nos responden la distancia y vericuetos recorridos por nuestras propias palabras.
Eventualmente conocemos esas distancias, y aprendemos a medirlas a ciegas, o a sordas. Sabemos de qué tamaño es la alberca de quién nos escucha, sin sangre de por medio. Estiramos los pies donde esperamos encontrar el piso. Y lo encontramos. Y si no lo hacemos es porque nos equivocamos. Errar es humano.
Mi novia es peor que una alberca olímpica. No tiene fondo. Es imposible medirle las esquinas, o saber dónde pararse cuando se habla con ella.
Pensaba todo esto mientras miraba una acuarela pegada en la pared de mi cuadro. Patrick era un tipo muy raro, pero ya he dicho que siempre acabo con gente extraña. Lo conocí a las 3 de la mañana en el aeropuerto. No tenía dinero para un hostal, y de todas formas mi vuelo salía a las 6 ó 7 de la mañana. Como estaba sola en Madrid, había llegado temprano al aeropuerto, por ahí de las 10:00 pm; y había matado el tiempo leyendo en la única y miserable cafetería del lugar. Después de una extraña conversación con el barrigón de la cafetería, al que no le entendía absolutamente nada pero que aseguraba que yo estaba ponchando un porro y no un tabaco, me fui a sentar a la sala de espera. Acomodé mi maleta debajo de mis piernas, agarré mi mochila como peluche y cerré los ojos fingiendo dormir, porque el güerejo con pinta de okupa que estaba a dos asientos enfrente del mío no dejaba de mirarme. Después de un tiempo que consideré razonable y porque no podía fingir más, decidí ir al baño a lavarme la cara, mirarme al espejo, platicarme un rato, mover las piernas, que sé yo. Cuando abrí los ojos, me seguía mirando.
Fui al baño. Con maleta, chamarra y mochila de peluche. En el baño había una coreana que no dejó que me platicara nada, así que regresé más o menos rápido, con la cara lavada y los dientes limpios. Al regresar no vi al guerejo en su sitio, y antes de que pudiera echar una mirada para ubicarlo me salió al paso, y con un acento irlandés me dijo que se llamaba Patrick y que él tampoco sabía qué hacer. No recuerdo a dónde iba Patrick, pero su vuelo salía unas horas antes que el mío. Patrick era hijo de un campesino, su padre manejaba tractores. Él había decido viajar por el mundo (es decir Europa) y encontrábase en ese momento en España, en donde su estancia se había visto un poco empañada por el detalle del idioma. Hablaba un irlandés barrido, y absolutamente nada de español. Pero hablaba alemán, me dijo. No, yo no. La pinta de okupa no había sido del todo equivocada, me contó un poco de su viaje y efectivamente había acabado durmiendo más o menos en cualquier sitio. Como éste, sonrió con sus dientes medio chuecos de…, bueno, de tractores y esas cosas. Además no tenía prejuicios ni le hacía el feo a nadie más que a la burguesía represora. Por supuesto, un tema nos llevó a otro y acabamos hablando del IRA y del EZLN. Patrick también era pintor, momento en el que aprovechó para abrir su maleta gigante donde sólo traía acuarelas rojas, amarillas, negras, más rojas. Pasamos un tiempo así e inundamos la mesa donde durante el día los policías desbaratan equipaje de souvenirs y ropa sucia, con sus pinturas, en medio de un aeropuerto silencioso con techo de diez o quince metros de altura, y sólo el barrigón que nos miraba de reojo y uno que otro inmigrante dormido entre las sillas. Como la ciudad estaba lejos, por las ventanas sólo se veía negro. Patrick me regaló una acuarela del IRA y luego nos saltamos al jardín de enfrente, nos besamos y manoseamos un rato hasta que se le hizo tarde. Me pidió mi teléfono y mi dirección de correo, se los di equivocados y se fue.
Yo me volví a sentar en la sala de espera. El barrigón y la coreana me miraban feo. Poco después empezó a llegar más gente, más ruido y amaneció. Agarré mis cosas, hice el check in y bla bla, 13 horas después miraba a la ciudad de México desde las ventanas del avión.
Se me olvidó decir que Patrick estaba loco, y no en sentido figurativo. Sus acuarelas son extrañas. Además la que me regaló, la única prueba en este lado del mundo, está especialmente viajada. Es la playa donde él vivía, y las manchas negras son las huellas del IRA. A mí honestamente me gustaron, aunque no dejaba de advertir ese statment desalineado del mundo. Pegué la acuarela a una pared de mi cuarto, pero ni así he encontrado a alguien que opine lo mismo que yo. Hubo quién hasta se burló del tal Patrick y no dejó de recordarme mis criterios estrambóticos de ligue. Quién se burló lo hizo desde mi cama, así que fue autopedrada.

Fue el origen de esas piedras que no tocaban fondo. Pero así ha sucedido de un año para acá.
Leía a Nietzsche. Otro loco. Con el espíritu dionisíaco encima miré la acuarela.
«Con la gente pasa lo mismo que con las albercas», pensé. Pero es peor, porque siempre tengo esta necesidad de tirarme un clavado y dejarme ir, de aventarme desde cualquier circunstancia del día, de dejarme caer en esa persona sólo por el placer de escuchar el splash y el fondo, sin medir el tiempo que tarda uno en caer, de gritar y sentir el vacío en mi estómago. Medir la altura siempre mata, inevitablemente, los planes, meter el pie, echar una piedrita, dosificar las necesidades. Es como guardar un orgasmo y perderlo. Se te fue. Y así uno va acumulando piedritas y dosis. Precauciones.

Pero la razón no tiene siete vidas.
4 comentarios:
Me gustó. Ahorita recuerdo que ella es como un pozo de Klein con un mar dentro o afuera. Quién sabe, si la botella de Klein no es ni adentro ni afuera.
Yo no sé nadar, pero a veces soy mar. A veces. Bueno, quién sabe.
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Parece una ley de Murphy. El problema es que uno nunca es el mar, sino que se naufraga en él; pero ve tú a saber, el día que alguien es mar, no sabe nadar.
...
Además creo que es fundamental en estas cuestiones no saber nunca si sí se es, o no.
(porque no se es el mar)
«...un navegante está en una barca, confiado en la débil embarcación; así está tranquilo, en medio de un mundo de tormentos, el hombre individual, apoyado y confiando en el principium individuationis [principio de individuación]».
Y luego: "bla bla nos ha descrito el enorme espanto que se apodera del ser humano cuando a éste le dejan súbitamente perplejo las formas de conocimiento, por parecer que el principio de razón sufre, en alguna de sus configuraciones, una excepción".
...
(pero se es el mar)
"si a ese espanto le añadimos el éxtasis delicioso que asciende desde el fondo más íntimo del ser humano, habremos echado una mirada a la escencia de lo dionisíaco ... en cuya intensificación lo subjetivo desaparece hasta llegar al completo olvido de sí".
de 'naufragios' en "albercas" nomás puedo decir que:
Yo aquí
navegando
por las
olas
civiles
y
Uno termina
siempre
dando
patadas
de ahogado
Adrián Santuario:
Yo na más puedo decir que tu foto de la cascarita no puedo ampliarla.
Y que ya pongas un nuevo post ;)
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