4 oct 2008

Ája toro

[Puesto originalmente el 18 de mayo del 2008]
Me ha costado decidirlo, pero me parece que al final me pongo en contra de los toros; moralmente. Sin embargo no puedo decidir esto sin conceder, en conciencia, que me gustan. Estéticamente. ¿Cómo? Bueno, aceptemos que hay a quien le gusta Tarantino, a pesar de ponerse firmemente en contra de los asesinatos. Y me dirán Sí, pero no jodas: una cosa es una película ¡y otra la vida de un toro real! Exactamente: una cosa es una película y otra la vida. Que sea la vida lo que se juega, y no una representación, es lo que me asalta el corazón, lo que me detiene frente a un pase en la televisión —porque a la plaza hace mucho que no voy— hasta que mi padre se de cuenta y se burle diciendo “¿no que estabas muy en contra y que qué salvajismo y no sé qué?”

Ajá… o ája, el asunto no es tan sencillo. Yo sé que es una crueldad, un salvajismo y que no hay derecho. Lo sé, ésa es la parte moral. Pero también sé, o intuyo desde hace muchos años, que a los toros se les critica todos los días desde un planteamiento que na’ que ver.

Para empezar, aunque Wikipedia afirme lo contrario (y en estas circunstancias hispánicas jamás corroboraré el dato en la Britannica), los toros no son un espectáculo, son una fiesta. Ya entramos en conflictos… las diferencias son abismales: una fiesta es improgramable. Una fiesta se desborda, tendrá hora de llegada pero no tiene hora de salida, es impensable. Una fiesta, lo que se dice una fiesta, no una reunión con fanta en vasos desechables, no sentarse en una mesa a chupar, escuchar música y ligar/discutir/jugar dominó, no un escenario donde se representa. Es difícil explicar lo que es una fiesta porque estamos acostumbrados a los esquemas pa’ enfiestar, valga la contradicción. A horas de llegada, a lo políticamente correcto de las crudas morales, a la castidad sexual y al buen o mala copa, con su prole de forevers e intensos. Sobre todo en esta ciudad, incalculable, donde hay que conservar los límites y la sobriedad pa’ regresar a casa en una pieza —acaso porque el quite y la apretada, pero infeliz contención la traemos ya de algunos siglos para acá, no sólo ambulante en las esquinas, sino en la propia incapacidad para pensar… se, o desbordar, se. Mal vivirse o arriesgarse.

Tengo la impresión de que el desconocimiento que actualmente se tiene de las proporciones descomunales del mundo, de la vida o de los edificios que habitamos, viene aparejada con el desconocimiento de las dimensiones de un toro embistiendo; desconocimiento que se ostenta al criticar a los toreros. Bien fundada: la mayoría de la gente que cree que el mundo es mesurable se jacta de ello porque tiene la experiencia de haberse vivido en —qué osadía— Nueva York, Londres, París, Berlín, Madrid, BCN o… Salamanca. En todo caso nunca más allá de Polonia, como no sea pa’ poner un pie, regresar y no tener idea de lo que son los bigos. Saben espantosos, por cierto. Bien fundada también la otra parte: jamás se ha tenido en frente, frente a frente, a un toro. Yo tampoco. (Verlos del otro lado de la barda en Granja Didáctica no vale, aviso desde ahora).

Déjenme ilustrar:



¿Se ve el tamaño del toro? Que sea toro precisamente y no un rottweiler, máximo salvajismo al que estamos acostumbrados, no es casualidad.

Cosa que es normal (creer que el mundo es mesurable, o que de los toros entendemos su dimensión). Lo más normal del mundo es no haber estado nunca frente a un toro, ni haber vivido en Pakistán y, a fin de cuentas, creer que el mundo es como uno creía que era, como se piensa generalizadamente que es, como… es, vamos. Porque el mundo siempre es: siempre lo consideramos positiva y fundamentalmente en nuestras decisiones y bajo nuestros pies, no podríamos no hacerlo. Al momento, inaplazable, de categorizarlo, de pensarlo, de considerarlo, de decidir sobre él, lo hacemos —hacemos todo esto— creyendo en él, creyendo en lo que nos han dicho de él o en lo que hemos considerado de él, pero creyendo que aquello es firme como el suelo que pisamos sin mirar el pavimento.

Desquiciado sería no hacerlo así.

Pero iluso hacerlo. Iluso.

Vuelvo a mi ejemplo arquitectónico: vivimos en moles de cemento y varillas cuyo peso y volumen nos quebrarían las manos en dos segundos y sin prórroga. Y nos creemos dueños de ellas. Nos movemos en su interior de lo más despreocupados. Hace falta un terremoto para recordarnos cómo las cosas no son. Aunque normalmente no dudemos, insisto, del pavimento.

Siempre ha sido así. A los humanos se nos olvida la inmensidad de este mundo y rápidamente nos acostumbramos a ser los reyes. A historias universales y demostraciones científicas. Al progreso y a la evolución de los seres superiores/racionales/sociales/nobles. A creer que las cosas son efectivamente como las pensamos. No podríamos trabajar sin esta creencia, ya lo he dicho. No podríamos vivir, si no. Ni caminar siquiera, ni creer nada si no creyéramos algo antes, de antemano.

Por eso, desde hace milenios, durante el año se trabaja y se cree; y se guardan para el final/inicio los días de reconfiguración, desordenamiento, para vacunarnos contra el hybris. Los días de caos, míticos, en los que se reorganiza el mundo. Días imposibles. Alcohólicos. Rajados. Inflamados. Dolorosos. Dionisíacos. Locos. Impensables. Anárquicos.

La fiesta taurina consiste en cruzar deliberadamente límites que no se conocen, ni se saben ni se tiene idea de dónde están, hasta que se cruzan. Se dejan atrás y justo cuando se dejan atrás se baja el pie para empezar a instaurar otro. Precario, también.



Es decir, pararse frente a un toro y no mover un pie. No es que se piense que el toro va a pasar por donde el torero quiere, es que se desea. Y se hace todo lo posible dentro de lo imposible por hacer pasar los cuernos, la mirada y media tonelada a dos pulgadas de la cintura. (Olé). Por los pies se puede ver que está a nada del toro.

Ya sé que no se vale. Yo los prohibiría. Pero ni qué decir de las altas dosis nietzscheanas/alcohólicas/amorosas que necesito para removerme el mundo de vez en cuando.

Ya sé que no se vale. Prohíbanlos de una vez. Sobre todo en estos tiempos donde efectivamente son un espectáculo: el torero jamás será toreado. (O bueno, yo no he visto a José Tomás).

Porque ésa es la otra: en estos tiempos donde los White Stripes graban una versión completamente desfasada de los toros, y donde los toreros ya no mueren de una cornada, sino de viejos y retirados, los toros ya no son lo mismo, jeje... yo nací en el 82, pero quiero explicar mi punto: cuando la vida no se juega toreando, —la vida, la cordura, la estabilidad, el trabajo, la carrera, la cartera, el país, el agradecimiento, el estatus; toreando o pintando o escribiendo o pensando o sintiendo o cogiendo, o viniéndose— se vuelve un espectáculo programado, previsible y no una fiesta o una apertura. En realidad ya no nos recuerdan que la vida nos desborda infinitamente, más bien nos reafirman nuestro dominio y poder (sobre el mundo y los toros, para bien o para mal, moralmente a fin de cuentas) con drogas y analgésicos.



El de arriba es el Juli. La pata izquierda del toro ni siquiera la tiene en el piso. No sólo está doblada, está barrida. Tiene la mirada perdida, está drogado.

A diferencia de estos otros, de principio de siglo, donde los pies no se doblan ni agachan la cabeza. El primero es José Gómez, Joselito, del que también son las fotos anteriores. El segundo es Manolete. Ambos murieron embestidos, por cierto.




Y el punto es, resumidamente, que eliminar los toros sería eliminarnos nuestro punto de fuga en un mundo de arbitraje conciliado. Pero viendo cómo está la cosa... ya qué más da.

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