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ADVERTENCIA PRELIMINAR
Estimado lector, tal vez sea prudente recomendarle lecturas previas como “Las aventuras de Wini Sugus”.
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CAPÍTULO 8
Aquel día yo ya no terminé de contar que Wini regresó inmediatamente después de haber publicado el post. Como el muy cabrón me había arruinado el suspenso después de horas y horas de arduo trabajo gramatical, decidí castigarlo con el anonimato.
Sucedió que aquella noche regresé al baño a buscarlo y me lo encontré in fraganti haciendo las maletas para irse a vivir a su nuevo hoyo. Tan sólo había regresado por abastecimientos y un poco de deshilachados para hacerse un camping en las tuberías de mi casa. Cuando encendí la luz volteó a mirarme con un hilo rojo entre los dientes y cara de ups.
Yo aproveché su estupefacción para cerrar la puerta antes de que él se echara a correr. Viéndose así, no tuvo más remedio que fingir lo feliz que estaba de haber regresado a la comodidad del hogar porque, qué va, las aventuras en los acueductos deben ser aburridísimas.
A estas alturas yo ya empezaba a pensar que Wini se había ganado a pulso su libertad. Sin querer decir que por ese sólo hecho fuera yo a garantizársela: a partir de entonces las técnicas de encarcelamiento de roedores que desarrollé en la primera etapa de mi relación con Wini Sugus funcionaron como nunca.
Aunque sorprenda la hilatura, Ale también acabó por regresar de China. Trajo todas las extravagancias que a uno le pueden caber en tantos días. Juguetes, bolsas, dulces, cerillos, noticias, discrepancias y cientos de fotos con las historias más extrañas.
Oh bueno, no cientos, como cien o ciento veinte. Con lo de las historias sí que no exagero: algunas costumbres (viejos haciendo yoga en los parques, muy de mañana), noticias del clima y de la traducción (muy de mañana quiere decir 5 de la mañana), gastronomía representativa (brocheta de pescado bañado en salsa “como de tamarindo”), sutilezas en los horarios (el desayuno puede incluir cerdo y, por si alguien se lo pregunta, las brochetas se venden especialmente por la tarde) e incluso la historia de un asesinato masivo perpetrado en las calles de Akibahara*(ella, afortunadamente, salió ilesa ―en parte porque no estuvo presente. Fue en el vuelo de regreso donde se enteró).
Pero no me entretendré con esas historias. Baste decir, para nuestros propósitos, que si algo explicó que Wini Sugus permaneciera en su casa hasta la fiesta de bienvenida de mi novia, fueron mis técnicas de encarcelamiento.
Esa noche de la fiesta había mucha gente en la casa. Al entrar al baño saludé a Wini y quise platicar un poco con él, pero él estaba muy ocupado agitando la puerta. Aunque tal actividad no es una de las diversiones de nuestro hámster, me parecía que fácilmente se explicaba como una variación de otra que sí lo es: aprovechar las paredes de la jaula para escalar y cambiar de piso. La escalada en sí le ha ganado, por parte de Papa, el apodo del hámster spiderman. O spidermouse, si se prefiere.
Wini agitaba la puerta hasta caer al piso, precipitado por él mismo. De este súbito final del juego me di cuenta cuando me lavé las manos, y volteé a mirarlo. No tardó ni dos segundos en recuperarse, levantarse y seguir agitando la puerta. Continué lavándome las manos. Aún no terminaba de sopesar el comportamiento errático de mi mascota cuando ya Wini me miraba heroico desde afuera de la jaula.
Más que perseguirlo, me asomé a ver la jaula para entender el truco de mi Houdini. Entonces Wini se inclinó, agradeció los aplausos y dócilmente fue conducido de nuevo al interior.
Salí de ahí preguntándome la utilidad de la jaula.
CAPÍTULO 9
La fiesta de bienvenida de Ale duró poco. Un par de meses después le dije que quería estar sola. Realmente sola: le pedí que se llevara todo lo suyo. Incluido Wini.
―¡¿Wini también?!
―¡…Yo para empezar no quería un hámster! ―maldita sea.
La decisión la tomamos la madrugada del martes y esa misma noche, a punto de dormir, me arrepentí de mis palabras.
Pero me había arrepentido tantas veces que no sabía si decirle que creía que me había equivocado o, poniéndome chistosa, que me había equivocado y era probable que a la mañana siguiente volviera a cambiar de opinión. Le pregunté qué iba a pasar con Wini. Me contestó, volteada de espaldas, que lo devolvería a la tienda de mascotas. Le dije que entonces yo me lo quedaba ―arrepintiéndome inmediatamente de lo que estaba diciendo― y no se habló más.
Sea como fuera, a la mañana siguiente me mantuve en pie: si la intención era regresarlo al manicomio de hámsters, donde hámsters locos que ya tenían hechas sus banditas lo acosarían, me lo quedaba yo. Eso de lo que es de Wini, porque acerca de Ale no estaba tan segura ni de usar una película como argumentación moral, ni de que se fuera con el tripié en mano y tres o cuatro bolsas del Sams llenas de ropa, libros, pinturas, monstruitos, películas e indefinibles acumulados durante un año.
No se le había olvidado nada, dijo.
A los pocos días me quedé parada en medio de una casa seria y vacía, sola con dos desamparados que no me lo iban a perdonar. O al menos eso creía, porque en realidad el único que seguía a mi lado era Bicho, el otro ya había echado pies en polvorosa.
CAPÍTULO 10
A estas alturas cualquier ser razonable hubiera dado por finalizada una persecusión que en último término lleva a la esclavitud de los seres queridos, y no por principios morales sino por mero tedio de buscar al hámster. Yo no actúe sino razonablemente. Con lo de Ale andaba por la casa, a fuerza de no recordar, un poco despistada. Me astillé la mano colgando ropa, me volé un poco de piel del pulgar pelando papas, me corté sin querer la punta de los dedos con el cutter y, finalmente, se me cayó el aceite hirviendo en la mano. Por supuesto, no tenía la menor intención de tender una emboscada frente a la alacena.
Es más: no tenía la menor intención de hacerme responsable de nadie. Hubiera preferido que cada quién muriera por su propia mano y que se me dejara en paz. Si Wini prefería la vida salvaje, que tomara responsabilidad por sus propios actos.
Y todavía con más razón cuando a Bicho le bastaron dos días sin Ale para enfermarse, motivo por el que acabamos en la Santa María, a las doce y media de la noche, en mitad de un apagón, él maullando desaforadamente y yo dando vueltas, histérica y como imbécil, tratando de dar con un hospital veterinario disfrazado de casa normal.
Lo droga que le pusieron para poder sacarle la muela lo dejó fuera de funciones por dos horas. Después empezó a moverse, pero el efecto alucinatorio tardó mucho en pasar. Dos horas después regresamos a casa, con una lista de recomendaciones y antibióticos. No obstante la hora, como Bicho es un adulto de la tercera edad había que vigilarlo, no fuera a caerse del sofá cual Keith Richards trepando una palmera.
De las 2 a las 5 de la mañana fue y regresó, por la caza, alucinando bichos imaginarios ―la veterinaria sugirió elefantes― a los que perseguía lenta y torpemente, porque sus piernas se doblaban cada tres pasos. De vez en cuando intentaba trepar a la cama o al sofá y había que ir detrás de él a cacharlo. Así toda la noche, cabeceando cada vez que se tropezaba o se echaba a dormir. Cuando finalmente caí dormida, soñé con la repetición.
A las siete de la mañana, sin embargo, había que darle de desayunar con cuidado, y mientras le dosificaba con una cuchara la comida enlatada, escuchábamos a Wini comer croquetas en la cocina.
Aquello era demasiado, yo no podía hacerme cargo. En los siguientes días cuidé a Bicho, yendo sólo un par de horas a clase, arreglé y limpié la casa de cabo a rabo, respiré profundo y me hice a la idea. Más no podía hacer. Dada, además, la achacosa situación en las que nos encontrábamos Bicho y yo, el fugitivo tenía la casa para él. Según escuchaba, salía por las noches. A veces estaba en la cocina y a veces en las tuberías. Dos o tres veces lo cacé afuera de sus escondites, pero nada.
Una semana después de tales acontecimientos, de Wini teníamos tan sólo vagas pistas. Sabíamos que había aprovechado las drogas alucinógenas para hacerse amigo de mi gato, salvando así el territorio a través del cual tenía que pasar ocasionalmente a la cocina.
Terminé por mudar la jaula al cuarto de servicio, un poco como acto de reafirmación de mi espacio y otro poco como ceremonia de iniciación: Wini vivía ya en las tuberías, era una cosa que como madre, lo sabía desde un principio, tarde o temprano tendría que afrontar. Como un acto de reconocimiento estuve tentada a ponerle una etiqueta al hoyo del baño, que dijera “Wini Sugus”.
Todo esto debió haberle causado un terrible shock en la medida en que, con su casa, le quitaba agua, comida, trocitos de aserrín y su sombrero.
El agua se la rehabilité apenas me di cuenta.
En cuanto a la comida, él hizo lo suyo. Ese misma mañana del sábado que Ale volvió, vi al levantarme un montículo bastante alto de croquetas en una esquina del baño. La llamé, impactada por lo que veía, para preguntarle si eso acaso era una nueva escultura postmodernista, pero negó tener algo que ver en el asunto.
EPÍLOGO
Hay quien dice que los gatos son fríos en comparación con los perros. Se equivocan. Un gato es auténticamente fiel por la sencilla razón de que es auténticamente todo. No va aparentar que se siente bien cuando se siente mal, ni va aparentar que te extraña cuando le importas tres cacahuates.
Son tipos en los que se puede confiar.
Los ratones, en cambio… ¿Se ha preguntado alguna vez porque a los ladrones de la más baja calaña se les apoda «ratas»? Ser frío como una rata implica mirarte a los ojos como si nada hubiera pasado, todo lo contrario a un gato o un perro.
Oscilan entre los mamíferos grandes y los insectos. Son mamarios, te reconocen y, no importa quién seas, si acaso te tolera. Nunca confiarán en ti. Su vida es ellos.
Tal vez en alguno de sus rincones sientan algún tipo de afecto /efecto por el mundo y sus habitantes, pero apenas encienda la luz: se ha ido.
Se lo digo seriamente: son muy listos. No se engañe por la fama que tienen de miedosos: el miedo puede ser una faceta frente a un mundo: los ratones tienen siempre enfrente una segunda estrategia, y si no entonces tienen algo atrás: siempre una salida. El miedo es sólo un efecto de esta doble tracción.
Y si no me cree que los ratones se parecen a los humanos, hay que ver cómo hacen provisiones.
1 comentario:
gracias por el escrito... ha sido maravilloso leerlo y saber que fue de tu mascota... jejje... me gustan tus escritos mas personales... ya me doy mis vueltas mucho mas seguido que antes...
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