Hoy creo haber tenido una revelación perversa. Ocurrió poco después de las 10 de la mañana, a mitad de una clase sobre el fascismo.
Es terrible escribir esto, no tiene ningún caso. Para empezar es imposible explicarla. Tendría que explicar que no sé si me estoy muriendo o me estoy volviendo loca, y que en todo caso perder la razón es como secarse, o asfixiarse de sed. Tendría que explicar que no tengo familia, que mi familia es la no familia y que mi historia es la no historia. Tendría que explicar esas palabras duras que tergiversaron mi infancia. Que estoy sola porque no quiero estar sola, y hasta dónde. Con qué implacable voluntad mato a los que entran en mi vida, porque me estoy muriendo o me estoy volviendo loca. Tendría que explicar que tengo un fanstasma del pasado hospedándose en mi casa. Tendría que decir palabras mágicas. Decir cómo hoy me asomé a una conferencia que celebraba los 70 años de exilio y el golpe, sinuoso, retorcido, que significa que «al final la historia la escribiremos los vencidos», con todas esas autoridades enfrente, en fila. Tendría que explicarles lo que son las autoridades. Tendría que decirles, pero es imposible, esta incapacidad y este miedo.
Tendrían que saber que el cuarto estaba alfombrado, que era una oficina en la que se supone que yo no debería estar, y que me estaba haciendo un favor extra oficialmente. Que, parada frente a ella, completamente incauta, me di cuenta que la ponía nerviosa. Pero tendría que confesar el espejo y decir en qué situaciones yo me pongo nerviosa, y de qué manera marco, yo también, con tanta torpeza números en el teléfono. Así que me le quedo mirando un poco asombrada. Pero de nuevo, ustedes tendrían que saber que yo me estoy muriendo, o enloqueciendo, y que dentro de mi cabeza resuenan incesantemente palabras mágicas de fantasmas y significados impenetrables de mi infancia. Que en seguida, una vez resuelto el favor, bajaré hasta el Aula Magna para testificar la institucionalización del exilio con fines universitarios de política underground. O no tan underground. Y que ahí mismo me agarrará o me agarraré una desgarradura histórica, inasible y vomitiva porque, no lo he dicho. Ustedes tendrían que saber que ayer me despertaron las náuseas desde que la madrugada aún era oscura. Que me quedo dormida con jeans, tenis y brassiere. Que anoche me quedé dormida leyendo el 18 Brumario y que hoy en la mañana me despertó la alarma programada del celular que estaba dentro de la mochila sobre la que me había quedado dormida. En la sala.
Que media hora después entro tarde a una clase y me siento hasta el fondo del salón. Que apenas he entrado a mi cuarto para ponerme ropa limpia. Que las punzadas me agarran rondando casi cualquier tema. Que los diez minutos que estuve en mi casa me alcanzaron para lavarme la cara y hacerme un café. Que hoy estaba nublado. Que el profesor explica los movimientos identitarios del fascismo y que aquella mañana yo no encontré en la biblioteca el libro que buscaba. «...es un fenómeno de masas. Una fusión identitaria. Se presenta un "nosotros" que ha sido maltratado o amenazado por la historia». Al fondo del salón, sentada sobre las primeras filas, la vuelvo a ver. Media hora después. Entonces recuerdo inmediatamente todo eso que ya había olvidado, me regresa una turbación emocionante, casi ociosa. Me gusta cómo da vueltas en mi estómago el recuerdo de la oficina vacía. Entonces, mientras la veo, pienso que es muy posible que haya espejeado en exceso.
Por alguna razón me quedo mirándola. No quiero mirarla, pero la miro. En verdad, no quiero imaginar que esa chica sea lesbiana —pero no me había fijado, qué manera de sentarse. O bien, tal vez porque estoy cansada. Tal vez porque estoy cansada de las mujeres, con las mujeres, y por eso 'descanso' mi mirada en las mujeres —que nunca alcanzo. Bien es posible que de quien esté cansada sea de los hombres, y por eso la miro a ella. Cansada de que no se hayan esforzado ni tres voltios por ponerse nerviosos mientras marcan el teléfono, y que, al contrario, hayan puesto todas sus energías.... Pero no. No, no. Es posible que esté cansada de otra cosa. De no entender. De juntar política con estética en una ontología que no debe ser ontología, y por eso la miro, porque es más fácil mirarla que entender.
La miro, simplemente, carajo, porque soy yo. Porque yo me peino, me visto, hablo y me siento igual. Ella es yo, pero ella sí es yo. No como yo que finjo.
Me fijo en cómo se peina y cómo va vestida. No es que sea especialmente bonita. O sea, sí lo es, pero no es ésa la razón por la que la veo. Estoy tratando de averiguar qué pasó, qué fue eso que a mí me detuvo. Qué fue o cómo fue que algo me hizo reconfigurar los instantes anteriores y bifurcar los caminos, no sólo los del futuro. ¿Qué es? No lo sé, no sé qué pasó. Una idea me lleva a otra, estoy escuchando la clase, estoy viendo cómo va vestida, estoy recordando mi casa, estoy pensando en mi cama destendida y en este encadenamiento, en alguno de sus momentos, me sumerjo en una culpa profunda, en un sentimiento de culpa o de angustia que identifico como certero, como ángulo de mi locura —o de mi muerte.
No es sólo un acercamiento a un pensamiento doloroso: es el clavo del asunto. La idea me asalta, por supuesto. Me aborda. Desencadena un montón de respuestas, de reacciones, de inclinaciones y pronto estoy de nuevo mirándola y haciendo una estúpida lista de deberes.
Tengo que ir al super, por ejemplo.
Apenas me doy cuenta de que tengo que ir al super, es decir, apenas me doy cuenta de lo que estoy haciendo, de que estoy mirándola, de que tengo que ir al super y de que los totalitarismos fascistas supusieron cierta organización de mercado, me regreso. Pero ya no puedo.
No puedo recordar qué fue lo que pensé. Ni siquiera qué fue lo que escuché. Estuve ahí dos segundos después de haberlo pensado y, no obstante, tengo un sólido sentimiento de olvido. Entonces intenté frenéticamente recordar qué era aquello tan importante que me había causado tanta —no quiero decir angustia— pena, entendida no como vergüenza sino como dolor. Dolor, ok, pero no dolor respecto al cual habría un sentimiento de compasión o algún tratamiento curativo, sino un dolor especial, un dolor que implicaba una obligación. La obligación de hacerle frente, de hacerme cargo de.
Porque era una culpa. Ahí estaba, la piedra que me azota y que me persigue. Culpa. Me caga que suene tan cristiano, pero así de putas son las cosas.
Lo intente, frenéticamente, pero bastó intentarlo para darme cuenta de que no. Entonces fue cuando ocurrió la revelación: era casi dulce resignarse a olvidarlo. Era de hecho un placer.
La locura. Verán, tendría que explicarlo. No es una locura, es una pérdida de razón. Para otros a quienes el corazón les late más que las ideas, las cosas serían traducibles como una pérdida de emoción. En mi caso es la pérdida de la razón, pero también del corazón. Duele, y no puedo más que aferrarme a ese dolor para que duela en serio, pero dejarse llevar por el dolor es explotar. Explotar, quiero decir, insosteniblemente. La renuncia al dolor cuando éste es insostenible, es la locura. O no sé, la muerte. "La muerte", tampoco quiero exagerar de manera gratuita las cosas.
La renuncia, como tal. Sin por ello querer decir que renunciar es lo mismo que resignarse. Por supuesto que no se puede renunciar. Lo que sucede cuando se osa renunciar es un bamboleo que azota de un lado a otro el mundo. Dada esta destrucción permanente de las cosas, se activa un "escuadrón de reconstrucción instantánea" (o al menos rapidísima).
Es un mecanismo absolutamente necesario. Supongamos que se está en plena conversación con alguien y este bamboleo tumba la contrucción que teníamos sobre ese alguien. Apenas basta que nuestra construcción que nos avisa que estamos en plena conversación con alguien se percate de ello para que inmediatamente se reconstruyan las certezas que teníamos sobre el mundo para poder, de nuevo, transitar por él. Incluso sobre los caminos más inseguros y sobre los que nos sentimos menos capaces. Reconstrucción instantánea.
En esta reconstrucción, es evidente, ocurren equivocaciones. En la reconstrucción de personas, por ejemplo, es posible que nos queden un poco chuecas la nariz, las orejas. De ahí que las bifurcaciones, En fin.
Es una polarización sin punto intermedio posible.
Después de una revelación así, tan ...perversa, dan unas ganas inmensas de abrazar a alguien.
Porque esta locura, que es la infinita adecuación del dolor insoportable con las reconstrucciones instantáneas, exige (si, digamos, nos inclinamos a creer que en el fondo queremos o preferimos todas las extremidades del cuerpo en su lugar) una observación cuidadosa del propio mecanismo psíquico. Una gran paciencia para la reconstrucción de los hechos. Un montón de tiras de "precaución" que delimiten un montón de zonas inaccesibles.
Un respeto absoluto por el fantasma propio.
Estaba pensando algo y se me olvidó. Se me fue de la cabeza. Me di cuenta que se me fue de la cabeza, pero no pude recuperarlo, fui incapaz. Y me gustó ser incapaz, sentí placer siendo incapaz. Me sentí feliz. Me sentí tan feliz que quise abrazar a alguien. Que me abrazaran.
Entonces el gran climax de la montaña rusa me duró exactamente dos segundos: apenas me hice consciente de la necesidad de abrazar, de lo que quería, me di cuenta que había vuelto al mismo punto de partida: al ácido sulfúrico del deseo.
Esto es como pasar dos horas haciendo fila para la casa embrujada. Finalmente, después de inexplicables desesperanzas, llegas al final de la fila, la casa está frente a ti, es tu turno, entregas el boleto, pasas por la puerta y apenas cruzas la puerta: ya estás afuera. Fin del juego.
Es terrible escribir esto, no tiene ningún caso. Para empezar es imposible explicarla. Tendría que explicar que no sé si me estoy muriendo o me estoy volviendo loca, y que en todo caso perder la razón es como secarse, o asfixiarse de sed. Tendría que explicar que no tengo familia, que mi familia es la no familia y que mi historia es la no historia. Tendría que explicar esas palabras duras que tergiversaron mi infancia. Que estoy sola porque no quiero estar sola, y hasta dónde. Con qué implacable voluntad mato a los que entran en mi vida, porque me estoy muriendo o me estoy volviendo loca. Tendría que explicar que tengo un fanstasma del pasado hospedándose en mi casa. Tendría que decir palabras mágicas. Decir cómo hoy me asomé a una conferencia que celebraba los 70 años de exilio y el golpe, sinuoso, retorcido, que significa que «al final la historia la escribiremos los vencidos», con todas esas autoridades enfrente, en fila. Tendría que explicarles lo que son las autoridades. Tendría que decirles, pero es imposible, esta incapacidad y este miedo.
Tendrían que saber que el cuarto estaba alfombrado, que era una oficina en la que se supone que yo no debería estar, y que me estaba haciendo un favor extra oficialmente. Que, parada frente a ella, completamente incauta, me di cuenta que la ponía nerviosa. Pero tendría que confesar el espejo y decir en qué situaciones yo me pongo nerviosa, y de qué manera marco, yo también, con tanta torpeza números en el teléfono. Así que me le quedo mirando un poco asombrada. Pero de nuevo, ustedes tendrían que saber que yo me estoy muriendo, o enloqueciendo, y que dentro de mi cabeza resuenan incesantemente palabras mágicas de fantasmas y significados impenetrables de mi infancia. Que en seguida, una vez resuelto el favor, bajaré hasta el Aula Magna para testificar la institucionalización del exilio con fines universitarios de política underground. O no tan underground. Y que ahí mismo me agarrará o me agarraré una desgarradura histórica, inasible y vomitiva porque, no lo he dicho. Ustedes tendrían que saber que ayer me despertaron las náuseas desde que la madrugada aún era oscura. Que me quedo dormida con jeans, tenis y brassiere. Que anoche me quedé dormida leyendo el 18 Brumario y que hoy en la mañana me despertó la alarma programada del celular que estaba dentro de la mochila sobre la que me había quedado dormida. En la sala.
Que media hora después entro tarde a una clase y me siento hasta el fondo del salón. Que apenas he entrado a mi cuarto para ponerme ropa limpia. Que las punzadas me agarran rondando casi cualquier tema. Que los diez minutos que estuve en mi casa me alcanzaron para lavarme la cara y hacerme un café. Que hoy estaba nublado. Que el profesor explica los movimientos identitarios del fascismo y que aquella mañana yo no encontré en la biblioteca el libro que buscaba. «...es un fenómeno de masas. Una fusión identitaria. Se presenta un "nosotros" que ha sido maltratado o amenazado por la historia». Al fondo del salón, sentada sobre las primeras filas, la vuelvo a ver. Media hora después. Entonces recuerdo inmediatamente todo eso que ya había olvidado, me regresa una turbación emocionante, casi ociosa. Me gusta cómo da vueltas en mi estómago el recuerdo de la oficina vacía. Entonces, mientras la veo, pienso que es muy posible que haya espejeado en exceso.
Por alguna razón me quedo mirándola. No quiero mirarla, pero la miro. En verdad, no quiero imaginar que esa chica sea lesbiana —pero no me había fijado, qué manera de sentarse. O bien, tal vez porque estoy cansada. Tal vez porque estoy cansada de las mujeres, con las mujeres, y por eso 'descanso' mi mirada en las mujeres —que nunca alcanzo. Bien es posible que de quien esté cansada sea de los hombres, y por eso la miro a ella. Cansada de que no se hayan esforzado ni tres voltios por ponerse nerviosos mientras marcan el teléfono, y que, al contrario, hayan puesto todas sus energías.... Pero no. No, no. Es posible que esté cansada de otra cosa. De no entender. De juntar política con estética en una ontología que no debe ser ontología, y por eso la miro, porque es más fácil mirarla que entender.
La miro, simplemente, carajo, porque soy yo. Porque yo me peino, me visto, hablo y me siento igual. Ella es yo, pero ella sí es yo. No como yo que finjo.
Me fijo en cómo se peina y cómo va vestida. No es que sea especialmente bonita. O sea, sí lo es, pero no es ésa la razón por la que la veo. Estoy tratando de averiguar qué pasó, qué fue eso que a mí me detuvo. Qué fue o cómo fue que algo me hizo reconfigurar los instantes anteriores y bifurcar los caminos, no sólo los del futuro. ¿Qué es? No lo sé, no sé qué pasó. Una idea me lleva a otra, estoy escuchando la clase, estoy viendo cómo va vestida, estoy recordando mi casa, estoy pensando en mi cama destendida y en este encadenamiento, en alguno de sus momentos, me sumerjo en una culpa profunda, en un sentimiento de culpa o de angustia que identifico como certero, como ángulo de mi locura —o de mi muerte.
No es sólo un acercamiento a un pensamiento doloroso: es el clavo del asunto. La idea me asalta, por supuesto. Me aborda. Desencadena un montón de respuestas, de reacciones, de inclinaciones y pronto estoy de nuevo mirándola y haciendo una estúpida lista de deberes.
Tengo que ir al super, por ejemplo.
Apenas me doy cuenta de que tengo que ir al super, es decir, apenas me doy cuenta de lo que estoy haciendo, de que estoy mirándola, de que tengo que ir al super y de que los totalitarismos fascistas supusieron cierta organización de mercado, me regreso. Pero ya no puedo.
No puedo recordar qué fue lo que pensé. Ni siquiera qué fue lo que escuché. Estuve ahí dos segundos después de haberlo pensado y, no obstante, tengo un sólido sentimiento de olvido. Entonces intenté frenéticamente recordar qué era aquello tan importante que me había causado tanta —no quiero decir angustia— pena, entendida no como vergüenza sino como dolor. Dolor, ok, pero no dolor respecto al cual habría un sentimiento de compasión o algún tratamiento curativo, sino un dolor especial, un dolor que implicaba una obligación. La obligación de hacerle frente, de hacerme cargo de.
Porque era una culpa. Ahí estaba, la piedra que me azota y que me persigue. Culpa. Me caga que suene tan cristiano, pero así de putas son las cosas.
Lo intente, frenéticamente, pero bastó intentarlo para darme cuenta de que no. Entonces fue cuando ocurrió la revelación: era casi dulce resignarse a olvidarlo. Era de hecho un placer.
La locura. Verán, tendría que explicarlo. No es una locura, es una pérdida de razón. Para otros a quienes el corazón les late más que las ideas, las cosas serían traducibles como una pérdida de emoción. En mi caso es la pérdida de la razón, pero también del corazón. Duele, y no puedo más que aferrarme a ese dolor para que duela en serio, pero dejarse llevar por el dolor es explotar. Explotar, quiero decir, insosteniblemente. La renuncia al dolor cuando éste es insostenible, es la locura. O no sé, la muerte. "La muerte", tampoco quiero exagerar de manera gratuita las cosas.
La renuncia, como tal. Sin por ello querer decir que renunciar es lo mismo que resignarse. Por supuesto que no se puede renunciar. Lo que sucede cuando se osa renunciar es un bamboleo que azota de un lado a otro el mundo. Dada esta destrucción permanente de las cosas, se activa un "escuadrón de reconstrucción instantánea" (o al menos rapidísima).
Es un mecanismo absolutamente necesario. Supongamos que se está en plena conversación con alguien y este bamboleo tumba la contrucción que teníamos sobre ese alguien. Apenas basta que nuestra construcción que nos avisa que estamos en plena conversación con alguien se percate de ello para que inmediatamente se reconstruyan las certezas que teníamos sobre el mundo para poder, de nuevo, transitar por él. Incluso sobre los caminos más inseguros y sobre los que nos sentimos menos capaces. Reconstrucción instantánea.
En esta reconstrucción, es evidente, ocurren equivocaciones. En la reconstrucción de personas, por ejemplo, es posible que nos queden un poco chuecas la nariz, las orejas. De ahí que las bifurcaciones, En fin.
Es una polarización sin punto intermedio posible.
Después de una revelación así, tan ...perversa, dan unas ganas inmensas de abrazar a alguien.
Porque esta locura, que es la infinita adecuación del dolor insoportable con las reconstrucciones instantáneas, exige (si, digamos, nos inclinamos a creer que en el fondo queremos o preferimos todas las extremidades del cuerpo en su lugar) una observación cuidadosa del propio mecanismo psíquico. Una gran paciencia para la reconstrucción de los hechos. Un montón de tiras de "precaución" que delimiten un montón de zonas inaccesibles.
Un respeto absoluto por el fantasma propio.
Estaba pensando algo y se me olvidó. Se me fue de la cabeza. Me di cuenta que se me fue de la cabeza, pero no pude recuperarlo, fui incapaz. Y me gustó ser incapaz, sentí placer siendo incapaz. Me sentí feliz. Me sentí tan feliz que quise abrazar a alguien. Que me abrazaran.
Entonces el gran climax de la montaña rusa me duró exactamente dos segundos: apenas me hice consciente de la necesidad de abrazar, de lo que quería, me di cuenta que había vuelto al mismo punto de partida: al ácido sulfúrico del deseo.
Esto es como pasar dos horas haciendo fila para la casa embrujada. Finalmente, después de inexplicables desesperanzas, llegas al final de la fila, la casa está frente a ti, es tu turno, entregas el boleto, pasas por la puerta y apenas cruzas la puerta: ya estás afuera. Fin del juego.
2 comentarios:
Querida, si no fuese de ti de quien hablaras apaludiría tu elocuencia, sin embargo, sentí angustia y sí, ganas de abrazarte.
Espero que te encuentres bien, pese a todo.
Ojalá nos podamos ver pronto, este fin de semana quizás?
Besabrazos infinitos.
cada quien con sus momentos y otros tantos diferentes...
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