22 feb 2009

No sé si era consciente de ese tono tan técnico mientras escribía el post pasado, lo que sé es que no llevo ni una frase y lo estoy volviendo a usar. En última instancia, y ya por profundizar con las cuatro patas en la técnica, toda palabra es técnica y robada. Pero me caga.

Me despierto un domingo creyendo, aliviada, que es sábado y no viernes. Tardo aproximadamente dos horas en darme cuenta del calendario. El viernes me puse una playera viejísima y salí de mi casa como Dios me dio a entender, porque hacía dos días que no me había bañado. No hay tiempo para bañarse: amanece y anochece en los momentos precisos en que hay que salir al mundo o quedarse dormida sin darme cuenta. Me levanto un domingo y me doy cuenta de que traigo la misma ropa que el viernes y que no es sábado, lo que, sacando cuentas, da cinco días sin bañarme. Dos días más y rompo mi récord.

Pero no me siento mal. Me siento un poco perdida pero apenas llego a la cocina la risa y el vocerrón de mi tío me regresan los pies. No sé dónde estoy, pero salgo de ahí con un café y la sensación de que estoy. Bien. Parada. Caminando. Es domingo.

Me levanto con una sensación de falsedad. Como no tengo las palabras para decir lo que ha pasado, como mis palabras han sido robadas, fusiladas; como el archivo que abro para seguir corrigiéndolo, el único que finalmente tiene título, está plagado de frases azotadas y escenarios conocidos, como me despierto, miro mi escritorio y siento que las últimas palabras. Mi pasado inmediato es un punto de fuga nebuloso en alguna esquina de mi escritorio.

No lo sé. No sé qué pasó. No tengo explicaciones.

No quiero ni echarle un ojo a ese puto desmadre. Me agobia. Pero entonces, con la boca seca y sin palabras, me regresa esa sensación como de vaciamiento, como de para qué. Y me dan ganas de reír.

Hasta mi sensación de vaciedad es falsa.

Es ése límite gris entre estar con ella y no estar con ella. La certeza de que estando con ella me disuelve las ganas de vivir, las razones, la emoción para tomarme algo en serio. Todo lo cubre con una fina capa de plástico. Y yo estoy segura de eso, hasta que descubro que otra vez el desagüe está tapado y pienso "¿eso es plástico?" Ustedes no están para saberlo, pero es la vida misma la que está en mi lavabo. Es la muerte la que está en mi casa, en su estómago, cubriéndolo todo con una capa de hielo. Paso de la banalidad al centro inasible, ardiente, cegador de la vida.

Entonces digo, brillante, "no hay mediación".

Con ella siempre hay dos extremos. Sin ella está el extremo de estar sin ella y el extremo de estar con dos extremos. Aplica lo mismo: ninguno de esos posibles pasos vale la pena. Pero lo peor es que después de esos extremos, hasta la mediación parece sosa.

Haga lo que haga. Y luego tantas palabras para escribir algo tan gris. Tantas palabras que no hacen más que estallar con colores ridículos algo que no debiera ser dicho.

Y lo digo. ¿Por qué lo digo? Porque, creo, yo no quiero acabar en ese lavabo. Porque tengo una nebulosa en mi cuarto y pasar de largo sin echarle un ojo es cubrirlo todo. Pero echarle un ojo... Da igual.

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