Encontrábame yo en avenida mucho muy traficada de la ciudad de México, con taxis, peseros y tránsito en pleno día de la Candelaria. Para mi sorpresa había salido del subterráneo muy cerca de donde entré (cosas mágicas del metro sólo asequibles después de una ardua preparación desorientativa), así que, como además estaba fumando, de regreso pasé de largo el metro y eché a andar guiándome por la Torre Mayor. Apenas unas cuadras después reconocí mis territorios. Había ido a que mi asesora de tesis me diera dos o tres bofetadas con los manuscritos de Lacan —terapia indispensable. Salí de ahí, apaleada y vivificada, con nuevas misiones archi secretas y archi especulativas, y me encontré con que hacía mucho sol y era mi último día de vacaciones. El último y también, en verdad, el primero. En la esquina me topé con un parque.
Cosas raras eso de regresar a casa dando vueltas. Una vez salí de la UNAM a media tarde y de puro no querer llegar a hacer qué, me seguí de largo en el Metrobús hasta el deportivo 18, donde inesperadamente me agarraron el estómago recuerdos de mi infancia. (Pero si es que esos días una ya anda predispuesta...). En otra ocasión, rumbo a ver a no sé quién, me bajé intempestivamente en Reforma. Yo entonces todavía no lo sabía, pero aquel día mis intestinos me predestinaban una visita repentina al Castillo de Chapultepec. Nunca había ido, ¿lo pueden creer?
Por no decir más: un día salí de clase, de la mismísima Facultad de Filosofía y Letras, completamente abrumada (es decir: completamente abrumada) y ésta, mi existencia fracturada, me llevó no hasta Tepoztlán, sino hasta el campo —silvestre— aledaño a Tepoztlán. Más precisamente, al Dado (una piedra con forma adivinen de qué).
Cómo ha cambiado Tepoztlán, ¿eh? Ahora está lleno de casas de fin de semana y hasta tienen ciber cafés. Porque no sé si ustedes sabían que los permisos para internet son de fecha muy reciente, antes lo prohibían por aquello de la interferencia a los extraterrestres. (Ah chinga, ¡si yo no sabré!)
Todas éstas, claro está, son caminatas solitarias. Hoy, apenas entrada la tarde, miraba mis pies por un camino empedrado que inmediatamente reconocí como Chapultepec. Si bien, nunca había estado exactamente ahí. Aquel día que manejé hasta Tepoztlán yo no sabía que iba a terminar en Tepoztlán. Es decir, empecé a sospecharlo cuando entré al pueblo y —de nuevo— empecé a dudarlo cuando salí de él, por una calle transversal. Acabé estacionando el coche en Meztitla, un campo reservado para campistas, después de haber andado por un buen trecho de terracería con nada más que los faros de mi coche alumbrándome (uno de ellos medio tuerto). Ya era de noche. No subí al Dado, me quedé por ahí abajo dando vueltas. Se veían las estrellas (¡en pleno día de la semana!) y la oscuridad era tal que, al contrario, no me podía ver los pies. Por supuesto que no llevaba linterna, no suelo llevar linterna a mis clases de filosofía. Aunque sin duda después de aquel día no haría mal en considerarlo, una nunca sabe.
Esa oscuridad del campo a media noche, con un silencio absoluto, es el espesor de las cosas en los días en que se dan vueltas. Hoy por la tarde, por ejemplo, sólo veía unos cuantos metros hacia adelante, mis pies, el adoquinado, un niño en bicicleta a punto de caerse. Y eso que era día soleado. Todo era tan visiblemente lento y espeso que se veía perfectamente a la ardilla cruzar la calzada, no como otros días en que apenas se le ve correr y ya ha pasado. Iba yo acordándome de aquella vez que conocí el Castillo de Chapultepec y sin saber muy bien cómo, me encontré rodeada de puestos de refrescos y resorteras. A mi lado, exactamente a mi lado, tenía a una señora que pregonaba los precios de sus productos y montones de niños con sus papás detrás de ellos. O delante de ellos. Dónde había quedado mi adoquinado y yo, no lo sabíamos. Ni sabíamos por dónde se nos había colado tanta gente —así de espeso estaba el día. El caso es que viendo las circunstancias me pareció que lo más apropiado era comprarme un boing y preguntar dónde quedaba el zoológico.
Sí, así tal cual.
—Oiga, ¿y el zoológico?
Me dijeron que de mango sólo tenían Del Valle.
Por supuesto que hacía años que no iba al zoológico. No voy por principios éticos. Sin embargo hoy... Tenía ganas de ver a nuestros primos los changos. Ésos sí que serían psicóticos y no mamadas.
Los changos no estaban y en cambio yo, como siempre, volví a caer en mi puto imaginario. La cosa empezó a pintar mal desde que en la entrada me pidieron mis cigarros como si me estuvieran requisando el armamento. Afortunadamente ya sólo me quedaba uno y la bolsita de tabaco se disimula convenientemente. Le hice ojitos al poli y le dije «ándele, sólo me queda uno», pero he de reconocer que fue intachable. Sólo se sacó un poco de onda y acabé tirando el cigarro al basurero sin más trámites. El boing me lo tuve que empinar en el lugar de los hechos. O sea, ya iba yo a hacerlo cuando el poli me dijo «ése empíneselo, es na' más por la botella» y yo me le quedé mirando con cara de asombrada mientras deglutía rápidamente medio litro de néctar de mango Del Valle. Eso de lo mío, porque a la que venía atrás la sorprendieron in fraganti con sus sándwiches, no obstante que los había escondido hasta el fondo de la pañalera.
No, si estos polis de ahora, con la H. H. H. Lucha Contra El Narcotráfico, no se les va una.
Todo, sin embargo, para que veinte metros adelante nos encontráramos un McDonalds y un Taco Inn, en donde sin lugar a dudas encontraríamos un almuerzo con un valor alimenticio muchísimo más elevado que los sándwiches de la señora. Gracias Cámara de Comercio.
El caso es que ya estaba adentro, con todo ese público aullador y perverso que constituye, claro está, el público del zoológico. Ya estaba adentro así que corrí a ver a los changos, a nuestros primos, más cercanos de lo que creemos, como quien a media tarde le urgiera adelantarse al encuentro de sus orígenes.
—Oiga, ¿usted sabe dónde están los changos? —me encanta decir «changos».
—En animales tropicales.
Esta aseveración me sacó un poco de onda. Yo, sin fijarme, estaba esperando una respuesta tipo "En el prehistórico, señorita".
A pesar de ello me sobrepuse de inmediato y me precipité hacia allá. Una vez llegada a la sala de los primates el corazón se me paró al leer el nombre del primer calabozo: «Gorila».
Mi corazón leyó «Freud».
En efecto, vínome a la cabeza nuestro padre mitológico, dueño de todas las mujeres, al que sus hijos mataron y después los engulló una culpa infinita. Sin embargo no había gorilas, el lugar estaba vacío. Tampoco en el de los chimpacés, los preferidos, ni en el de los orangutanes. Triste como se puede estar en un día así de espeso, me quedé mirando ese estanque vacío. Un niño atrás de mí gritaba «¡los murcélagos mamá!, ¿ya viste los miurcélagos?». En verdad, no hay que ser muy pentadactílico para esfumarse ante expectativas como ésas. Nada de primates dentro de las jaulas, puro psicotiquillo cotidiano a los que todavía no les entra muy bien el vocabulario. (Interesantes, por demás, pero ésos son psicóticos por default. Yo quería uno veterano).
En la celda de los mandriles había gente, así que me acerqué. Aparte de enterarme de que los mandriles son popularmente conocidos como "Rafikis", me chocaron las circunstancias. Era un espacio de unos cuantos metros cuadrados, con un vidrio. El señor estaba sentado en el borde, casi pegado a su ventana. Del otro lado éramos veinte aulladores. Movía sus ojos pero no veía a nadie. Es decir, los alzaba como queriendo mirar hacia afuera, pero acababa sólo mirándonos los pies. (En El libro de la selva (super clásico) se dice (y es el único lugar donde lo he oído) exactamente eso: Mowgli tiene un gran poder porque ningún animal se atreve a mirarlo a los ojos. Tal declaración, por cierto, no fue requerida en la versión de Walt Disney, donde se nos mal informó que Mowgli tenía un gran poder porque podía controlar el fuego. Lo cual es cierto, pero sólo parcialmente.) El caso es que nuestro protagonista no podía mirarnos a los ojos, y sin embargo, por la manera en que podía fijar la vista, con esa manera nerviosa y como introvertida, en el aire, era claro que podía mirar a los ojos.
En palabras de Lacan: «Era claro que no era una mantis religiosa».
También me acordé de Hegel, pero de ése no les voy a contar nada.
Así estaba. Sentado en cuclillas intentando alzar la mirada, con su nariz azul, como un animal venenoso, cuando de pronto mira hacia sus manos, mira sus propias manos, haciendo con ello que yo mire sus manos —cinco dedos—, coge entre el pulgar y el índice una hoja seca, la acaricia dos segundos con el pulgar y de nuevo vuelve a dejarla caer cuando ya ha regresado a intentar mirar hacia afuera. Es un gesto terrible. Yo misma lo he hecho hace un par de horas y estaré a punto de repetirlo.
Deambulo por ahí. Veo al puma, patrocinado por la UAM. ("Oiga, aquí debe haber un error..."), me pierdo, no me interesa nada más, pregunto por la salida.
De salida, sin embargo, veo el patio de los elefantes. No se ve ninguno. Atrás se ven las jirafas, así que me doy una vuelta por ahí. Los niños son insoportables, les gritan a los animales «hey tú», les preguntan a dónde van y luego le piden permiso a sus padres para aventarles la botella de refresco, «a ver qué hace». Afortunadamente el padre se niega, aunque de manera mucho más misedicordiosa de lo que yo hubiera esperado.
«Ya, carajo, lárgate de aquí». Pero voy saliendo y es hasta entonces que el día, la luz, la gente, se reúne todo. Eso sí no lo he visto. Detrás de un vidrio, de una barrera de columnas, metido en una bodega, casi completamete tapado por la ocuridad, hay una pata enorme. Es una pata verdaderamente grande y pesada, con uñas del tamaño de mis dedos. Y la pata está viva y está encadenada. Prácticamente no se puede ver el elefante, pero me está mirando. No hay duda de que tiene la mirada clavada en mí y está inimaginablemente triste. Es un ojo enorme, brillante y... es que está triste, no hay duda. Desesperado, mientras, con su pata, sin dejar de mirarme, amasa debajo de ella un montón de zanahorias. Con su trompa mueve la cadena si le estorba para seguir amasando; la coge con cuidado, la alza y la pone más allá. No mucho más allá, se entiende. Tarda un buen rato en dejar de mirarme, me tiene ahí clavada enfrente. Pese a la barrera de columnas, yo soy completamente visible para él.
La gente pasa, lo mira, se ríen, se lo señalan a sus hijos, se van. No se pueden ver sus orejas, ni su cola, ni su cuerpo, ni sus otras patas. Sólo se ve ese pedazo de suelo a donde llega la luz. Dos patas (prácticamente una y media), el final de una trompa y un ojo, porque brilla. Nada más. Yo no puedo moverme y el elefante no ha vuelto, ni volverá a mirarme. Imagino mi cabeza debajo de esa pata. Una pata sin duda mucho más grande que mi cabeza.
No hay palabras. Vayan y véanlo.
Alguien que esté afuera tiene que hacer algo.
—¿Sabes por qué los amarran? —dijo una chica, de unos veintitantos, poco menor que yo.
Entonces salí del encantamiento y, como me había parecido que su estúpido tono de voz anticipaba una justificación, volteé a mirarla. Me miró un momento y luego explicó:
—Porque su cerebro es así de chiquito, es minúsculo —abarcó con sus dedos aproximadamente diez centímetros mientras yo hervía por dentro —Son tan tontos que los amarran para que se acostumbren y ya no intentan escapar. Si lo intentan una vez y no funciona, no lo vuelven a intentar nunca más.
Estuve a punto de preguntarle si acaso ella tenía intenciones de volver a votar. Por Dios, alguien tiene que decirle a esa mujer que todo lo que decimos de este mundo refleja nada menos que lo que entendemos de él. Que lo que ella está diciendo de ese animal no lo dice más que de sí misma, de lo que comprende, y que si lo dice debe muy bien entender cómo piensa un cerebro de diez centímetros.
Salí de ahí desesperada por dejar de oler animales. Además algo me dio alergia en los ojos. Pasé lo que quedaba del día mirando al cielo, tumbada en el pasto y librándome de mis propios elefantes (fue imposible).
Cosas raras eso de regresar a casa dando vueltas. Una vez salí de la UNAM a media tarde y de puro no querer llegar a hacer qué, me seguí de largo en el Metrobús hasta el deportivo 18, donde inesperadamente me agarraron el estómago recuerdos de mi infancia. (Pero si es que esos días una ya anda predispuesta...). En otra ocasión, rumbo a ver a no sé quién, me bajé intempestivamente en Reforma. Yo entonces todavía no lo sabía, pero aquel día mis intestinos me predestinaban una visita repentina al Castillo de Chapultepec. Nunca había ido, ¿lo pueden creer?
Por no decir más: un día salí de clase, de la mismísima Facultad de Filosofía y Letras, completamente abrumada (es decir: completamente abrumada) y ésta, mi existencia fracturada, me llevó no hasta Tepoztlán, sino hasta el campo —silvestre— aledaño a Tepoztlán. Más precisamente, al Dado (una piedra con forma adivinen de qué).
Cómo ha cambiado Tepoztlán, ¿eh? Ahora está lleno de casas de fin de semana y hasta tienen ciber cafés. Porque no sé si ustedes sabían que los permisos para internet son de fecha muy reciente, antes lo prohibían por aquello de la interferencia a los extraterrestres. (Ah chinga, ¡si yo no sabré!)
Todas éstas, claro está, son caminatas solitarias. Hoy, apenas entrada la tarde, miraba mis pies por un camino empedrado que inmediatamente reconocí como Chapultepec. Si bien, nunca había estado exactamente ahí. Aquel día que manejé hasta Tepoztlán yo no sabía que iba a terminar en Tepoztlán. Es decir, empecé a sospecharlo cuando entré al pueblo y —de nuevo— empecé a dudarlo cuando salí de él, por una calle transversal. Acabé estacionando el coche en Meztitla, un campo reservado para campistas, después de haber andado por un buen trecho de terracería con nada más que los faros de mi coche alumbrándome (uno de ellos medio tuerto). Ya era de noche. No subí al Dado, me quedé por ahí abajo dando vueltas. Se veían las estrellas (¡en pleno día de la semana!) y la oscuridad era tal que, al contrario, no me podía ver los pies. Por supuesto que no llevaba linterna, no suelo llevar linterna a mis clases de filosofía. Aunque sin duda después de aquel día no haría mal en considerarlo, una nunca sabe.
Esa oscuridad del campo a media noche, con un silencio absoluto, es el espesor de las cosas en los días en que se dan vueltas. Hoy por la tarde, por ejemplo, sólo veía unos cuantos metros hacia adelante, mis pies, el adoquinado, un niño en bicicleta a punto de caerse. Y eso que era día soleado. Todo era tan visiblemente lento y espeso que se veía perfectamente a la ardilla cruzar la calzada, no como otros días en que apenas se le ve correr y ya ha pasado. Iba yo acordándome de aquella vez que conocí el Castillo de Chapultepec y sin saber muy bien cómo, me encontré rodeada de puestos de refrescos y resorteras. A mi lado, exactamente a mi lado, tenía a una señora que pregonaba los precios de sus productos y montones de niños con sus papás detrás de ellos. O delante de ellos. Dónde había quedado mi adoquinado y yo, no lo sabíamos. Ni sabíamos por dónde se nos había colado tanta gente —así de espeso estaba el día. El caso es que viendo las circunstancias me pareció que lo más apropiado era comprarme un boing y preguntar dónde quedaba el zoológico.
Sí, así tal cual.
—Oiga, ¿y el zoológico?
Me dijeron que de mango sólo tenían Del Valle.
Por supuesto que hacía años que no iba al zoológico. No voy por principios éticos. Sin embargo hoy... Tenía ganas de ver a nuestros primos los changos. Ésos sí que serían psicóticos y no mamadas.
Los changos no estaban y en cambio yo, como siempre, volví a caer en mi puto imaginario. La cosa empezó a pintar mal desde que en la entrada me pidieron mis cigarros como si me estuvieran requisando el armamento. Afortunadamente ya sólo me quedaba uno y la bolsita de tabaco se disimula convenientemente. Le hice ojitos al poli y le dije «ándele, sólo me queda uno», pero he de reconocer que fue intachable. Sólo se sacó un poco de onda y acabé tirando el cigarro al basurero sin más trámites. El boing me lo tuve que empinar en el lugar de los hechos. O sea, ya iba yo a hacerlo cuando el poli me dijo «ése empíneselo, es na' más por la botella» y yo me le quedé mirando con cara de asombrada mientras deglutía rápidamente medio litro de néctar de mango Del Valle. Eso de lo mío, porque a la que venía atrás la sorprendieron in fraganti con sus sándwiches, no obstante que los había escondido hasta el fondo de la pañalera.
No, si estos polis de ahora, con la H. H. H. Lucha Contra El Narcotráfico, no se les va una.
Todo, sin embargo, para que veinte metros adelante nos encontráramos un McDonalds y un Taco Inn, en donde sin lugar a dudas encontraríamos un almuerzo con un valor alimenticio muchísimo más elevado que los sándwiches de la señora. Gracias Cámara de Comercio.
El caso es que ya estaba adentro, con todo ese público aullador y perverso que constituye, claro está, el público del zoológico. Ya estaba adentro así que corrí a ver a los changos, a nuestros primos, más cercanos de lo que creemos, como quien a media tarde le urgiera adelantarse al encuentro de sus orígenes.
—Oiga, ¿usted sabe dónde están los changos? —me encanta decir «changos».
—En animales tropicales.
Esta aseveración me sacó un poco de onda. Yo, sin fijarme, estaba esperando una respuesta tipo "En el prehistórico, señorita".
A pesar de ello me sobrepuse de inmediato y me precipité hacia allá. Una vez llegada a la sala de los primates el corazón se me paró al leer el nombre del primer calabozo: «Gorila».
Mi corazón leyó «Freud».
En efecto, vínome a la cabeza nuestro padre mitológico, dueño de todas las mujeres, al que sus hijos mataron y después los engulló una culpa infinita. Sin embargo no había gorilas, el lugar estaba vacío. Tampoco en el de los chimpacés, los preferidos, ni en el de los orangutanes. Triste como se puede estar en un día así de espeso, me quedé mirando ese estanque vacío. Un niño atrás de mí gritaba «¡los murcélagos mamá!, ¿ya viste los miurcélagos?». En verdad, no hay que ser muy pentadactílico para esfumarse ante expectativas como ésas. Nada de primates dentro de las jaulas, puro psicotiquillo cotidiano a los que todavía no les entra muy bien el vocabulario. (Interesantes, por demás, pero ésos son psicóticos por default. Yo quería uno veterano).
En la celda de los mandriles había gente, así que me acerqué. Aparte de enterarme de que los mandriles son popularmente conocidos como "Rafikis", me chocaron las circunstancias. Era un espacio de unos cuantos metros cuadrados, con un vidrio. El señor estaba sentado en el borde, casi pegado a su ventana. Del otro lado éramos veinte aulladores. Movía sus ojos pero no veía a nadie. Es decir, los alzaba como queriendo mirar hacia afuera, pero acababa sólo mirándonos los pies. (En El libro de la selva (super clásico) se dice (y es el único lugar donde lo he oído) exactamente eso: Mowgli tiene un gran poder porque ningún animal se atreve a mirarlo a los ojos. Tal declaración, por cierto, no fue requerida en la versión de Walt Disney, donde se nos mal informó que Mowgli tenía un gran poder porque podía controlar el fuego. Lo cual es cierto, pero sólo parcialmente.) El caso es que nuestro protagonista no podía mirarnos a los ojos, y sin embargo, por la manera en que podía fijar la vista, con esa manera nerviosa y como introvertida, en el aire, era claro que podía mirar a los ojos.
En palabras de Lacan: «Era claro que no era una mantis religiosa».
También me acordé de Hegel, pero de ése no les voy a contar nada.
Así estaba. Sentado en cuclillas intentando alzar la mirada, con su nariz azul, como un animal venenoso, cuando de pronto mira hacia sus manos, mira sus propias manos, haciendo con ello que yo mire sus manos —cinco dedos—, coge entre el pulgar y el índice una hoja seca, la acaricia dos segundos con el pulgar y de nuevo vuelve a dejarla caer cuando ya ha regresado a intentar mirar hacia afuera. Es un gesto terrible. Yo misma lo he hecho hace un par de horas y estaré a punto de repetirlo.
Deambulo por ahí. Veo al puma, patrocinado por la UAM. ("Oiga, aquí debe haber un error..."), me pierdo, no me interesa nada más, pregunto por la salida.
De salida, sin embargo, veo el patio de los elefantes. No se ve ninguno. Atrás se ven las jirafas, así que me doy una vuelta por ahí. Los niños son insoportables, les gritan a los animales «hey tú», les preguntan a dónde van y luego le piden permiso a sus padres para aventarles la botella de refresco, «a ver qué hace». Afortunadamente el padre se niega, aunque de manera mucho más misedicordiosa de lo que yo hubiera esperado.
«Ya, carajo, lárgate de aquí». Pero voy saliendo y es hasta entonces que el día, la luz, la gente, se reúne todo. Eso sí no lo he visto. Detrás de un vidrio, de una barrera de columnas, metido en una bodega, casi completamete tapado por la ocuridad, hay una pata enorme. Es una pata verdaderamente grande y pesada, con uñas del tamaño de mis dedos. Y la pata está viva y está encadenada. Prácticamente no se puede ver el elefante, pero me está mirando. No hay duda de que tiene la mirada clavada en mí y está inimaginablemente triste. Es un ojo enorme, brillante y... es que está triste, no hay duda. Desesperado, mientras, con su pata, sin dejar de mirarme, amasa debajo de ella un montón de zanahorias. Con su trompa mueve la cadena si le estorba para seguir amasando; la coge con cuidado, la alza y la pone más allá. No mucho más allá, se entiende. Tarda un buen rato en dejar de mirarme, me tiene ahí clavada enfrente. Pese a la barrera de columnas, yo soy completamente visible para él.
La gente pasa, lo mira, se ríen, se lo señalan a sus hijos, se van. No se pueden ver sus orejas, ni su cola, ni su cuerpo, ni sus otras patas. Sólo se ve ese pedazo de suelo a donde llega la luz. Dos patas (prácticamente una y media), el final de una trompa y un ojo, porque brilla. Nada más. Yo no puedo moverme y el elefante no ha vuelto, ni volverá a mirarme. Imagino mi cabeza debajo de esa pata. Una pata sin duda mucho más grande que mi cabeza.
No hay palabras. Vayan y véanlo.
Alguien que esté afuera tiene que hacer algo.
—¿Sabes por qué los amarran? —dijo una chica, de unos veintitantos, poco menor que yo.
Entonces salí del encantamiento y, como me había parecido que su estúpido tono de voz anticipaba una justificación, volteé a mirarla. Me miró un momento y luego explicó:
—Porque su cerebro es así de chiquito, es minúsculo —abarcó con sus dedos aproximadamente diez centímetros mientras yo hervía por dentro —Son tan tontos que los amarran para que se acostumbren y ya no intentan escapar. Si lo intentan una vez y no funciona, no lo vuelven a intentar nunca más.
Estuve a punto de preguntarle si acaso ella tenía intenciones de volver a votar. Por Dios, alguien tiene que decirle a esa mujer que todo lo que decimos de este mundo refleja nada menos que lo que entendemos de él. Que lo que ella está diciendo de ese animal no lo dice más que de sí misma, de lo que comprende, y que si lo dice debe muy bien entender cómo piensa un cerebro de diez centímetros.
Salí de ahí desesperada por dejar de oler animales. Además algo me dio alergia en los ojos. Pasé lo que quedaba del día mirando al cielo, tumbada en el pasto y librándome de mis propios elefantes (fue imposible).
6 comentarios:
Paquidermo de la memoria y bajo los árboles buscándote...
Como siempre, tu fan.
¿Nos vemos el fin que entra?
¿el fin que entra? ¿el fin entra?
P cumple años el sábado.
Bah, está re chafa el post.
No me subestimes, mi Fatalia, puedo hacer cosas mejores. Aunque claro que una se la pasa diciendo que puede hacer cosas mejores y luego...
¿El fin entra? Más o menos, no sé si sea la finitud lo que me está entrando. Tampoco sé si se dice finitud. Ni si la finitud haya acabado de sucederme para el sábado, pero de todas las veo.
Ni se les ocurra hacer una comida que cocinan fatal, eh?
Besos
Chafa o no...sé también que haces cosas mejores.
Si te está entrando la finitud, pues no te resistas y acompáñala, en una de esas acaba en final feliz.(aunque feliz...finaliza)
Si prometes no poner finitud a tu presencia sabatina prometemos no cocinar. Besabrazo.
Queridísima, se te extrañó en la celebración, mucho. Te mando un beso, espero que te encuentres bien y/o que te encuentres.
pobrecitooos! lloré solito por horas!
porque todos los finales son el mismo repetido
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