22 may 2009

La mujer, dijo, es ominosa para sí misma

Pero algunas veces pierdo el apetito y no puedo dormir.

Hoy en clase el maestro dijo que cuando una mujer se mira al espejo ve algo familiar y al mismo tiempo ve algo extraño. Esto, según definiciones anteriores, es para Freud lo ominoso, o si se prefiere lo siniestro. La mujer, dijo, es ominosa para sí misma, y si lo es para ella misma, imagínense cómo es para un hombre, dijo señalándose a sí mismo.

Con ese señor es difícil saber que tan poco intencionadas son sus palabras, y sus actos, porque justo después dijo que el asunto de una mujer es asunto entre ella y otra, tanto como el asunto entre hombres es asunto de ellos. Y él, tan bien como pocos, sabe que hablar "en general" es imposible.

(O mejor, tal vez sepa que lo imposible es dejar de hablar en genitalmente, tanto como sabe que las palabras tienen, en español, declinación femenina o masculina).

¿Qué sé yo lo que es horrible?

Arrepentimiento es el sentimiento que sobreviene una vez que se considera la posibilidad de que haya cosas en la vida (propia, valga aclarar) de las que no se puede blasfemar.

La blasfemia es lo que se aprende en casa. En la mía, por ejemplo, está prohibido blasfemar como no sea en referencia explícita a la religión y todo lo que tenga que ver con ella. (Ciertos regímenes políticos, por ejemplo. Claramente el del Vaticano).

del quinielista pobre que tendrá... [que volver]

Pensaba que no estaba prohibido porque siempre me dijeron que el ateísmo era cosa mía, tanto como lo era mi decisión (o indecisión) de creer o no. Jamás he creído en Dios.

Hasta cierto punto no sé lo que es blasfemar, por eso me cuesta trabajo decir que en mi casa está prohibida una cosa así.

Mi abuelo blasfemaba. Es el único en mi familia del que se sabe que lo hacía, aparte de mi tío Armando. (De otros varios se sabe que pecaban).

Mi abuelo, el padre de mi padre, Camilo, era (según infiero de lo que me cuentan) un hombre extraño, aunque ciertamente de su tiempo. Era un español árabe (aunque él no era árabe -dice mi tía, pero hablaba árabe -digo yo), de Ceuta. Siempre vivió en África, excepto los años en que estuvo en España, durante la Guerra Civil. Entregaba el correo, era comunista. Se quedó allá hasta el final de la guerra, tomó (según se dice que él mismo decía) el penúltimo barco a México; desde África, como todos los que agarraron barco a México.

Llegando trabajó en una de las fábricas que se construyeron específicamente para dar empleo a los exiliados. Tiempo después la fábrica cerró. Mi abuelo no trabajó en nada más y murió años después de la muerte de Franco (murió en el 76). Tenía pensado volver a España, de hecho murió uno o dos días antes del vuelo de regreso (ya tenía hechas las maletas). Yo nací 4 años después, de modo que no lo conocí.

Dicen de mi abuelo, por ejemplo, que arreglaba él mismo los aparatos de la casa. Lo que es de la lavadora, que se descomponía seguido, prefería probarla antes de dejarla en manos de 12 niños y una señora que trataba a las máquinas como si fueran seres vivos. De modo que sin dejar pasar más tiempo se quitaba ahí mismo los pantalones y los echaba a lavar.

Si no funcionaba (como a veces sucedía), blasfemaba. Me cago en Dios, en la Virgen y en todos los idiotas que creen en esa... Algo así.

Antonio sólo dice "Me cago en Dios", pero blasfema de otros muchos modos. Por otro lado, ahora que lo pienso, es posible que mi tío Pololo también blasfeme (aunque tal vez no lo haga en serio). De mis otros tíos, casi todos católicos, lo dudo mucho y a mi padre simplemente nunca lo he escuchado hablar de Dios. La situación se repite en el lado de las mujeres: como no sean católicas, no hablan de Dios; excepto en el caso de mi madre, que como sea tampoco blasfema.

Yo estoy segura de algo: si Dios existiera, no debería perdonar una blasfemia.

Ignoro si esto me ha causado problemas en mi familia. A Antonio le da risa y curiosidad; a mi mamá le preocupa y no le da risa en absoluto. Mi papá no lo sabe y mi hermano probablemente se quedaría unos momentos sin saber si reír. (Es probable que haga reír a alguien más antes que él, y también es 100% posible que él hará reír a cualquiera antes que yo. Incluso me hace reír a mí).

Ale está harta de escucharme hablar de Dios, pero su primo me entendió mejor que mis propios amigos.

No sé si a mi abuelo le hubiera hecho gracia, pero estoy segura de que a mi abuela sí.

Si le comentara a mi padre que de existir Dios, no debería de perdonar una blasfemia, me diría ¿De qué hablas?, antes de recordarme Uf, menos mal que no existe, ¿no?. Si me esfuerzo en explicarle que no sé cómo explicarle pero que tiene que ver (precisamente) con no saber y sin embargo estar (omitiré la palabra embargado) sujeto a ese no saber...

-¿Cuál no saber?

Mi papá me preguntaría por qué digo lo que digo hasta que no pueda decirle, y mi madre, a la que recientemente le confesé que recé el día del terremoto (no el de hoy, el pasado), me diría que ya está seriamente preocupada por mi insistencia en hablar de esa manera y agregaría que al menos debería de admitir que sí creo en una cosa parecida a eso.

Y yo le digo -mamá, es que no creo en eso.

Al final me cree (es decir, cree que no creo), pero me parece que para hacerlo tiene que invocar algún tipo de fe incondicional en los hijos, porque no la convenzo. Qué horror, diría ella, tratar de convencer a alguien de tu religión. (Mi religión -que no es tal pero, ah, cómo cuesta abandonarla- trata del significante. En específico de dos cosas: de cómo no podemos deshacernos de él y de cómo nos obliga a pensar que eso, sea lo que sea, no es pensante y que por lo tanto es completamente personal e incomunicable). Y no intento convencer a nadie, le llamo religión un poco por joder y otro poco porque es lo más parecido que tengo a esa fe incondicional.

Pero en fin, ¿qué sé yo lo que es horrible? Los espejos no son buenos, nadie debería de mirarse mucho tiempo en ellos. Cualquiera lo sabe en el momento en que es necesario saberlo, aunque no nos hagamos caso.

Hablo de mí.

Y no es que yo me vea a mí misma ominosa o siniestra (o sea, sí, pero no por los espejos).

La primera vez que leí Lo ominoso, traté de entenderlo. De verdad que traté. Tanto traté que hasta tenía una idea para desarrollar, pero nunca me metí realmente en ello. La segunda vez, en vacaciones, me quedé pensando que yo no sabía lo que era algo ominoso (aunque en definitiva tan sólo creer que hasta entonces no me había puesto a pensar que no sabía, era molesto e irritante).

Es posible, según el mismo texto, que no se tenga a la mano un recuerdo ominoso.

Unas semanas después tembló. Yo en mi afán de entender había pensado que lo ominoso era, por ejemplo, perseguir al significante llevara a donde llevara (últimamente yo lo he hecho pintando, aunque al principio surgió bailando). Ahora no me parece que ni bailar ni pintar sean cosas ominosas. El día que tembló, el 29 de abril, tuve una idea exacta y diferente de lo que significaba ominoso, y no hubiera sido así de no haber prestado tanta atención (religiosa atención) al movimiento del significante (es decir a pintar y a bailar).

No es una nueva idea, evidentemente: tengo miedo de morir aplastada y al menos lo tengo desde hace mucho. (Desde que regresé de España, por ejemplo). Tengo miedo a la muerte, y al cuerpo antes que a la muerte.

(Parte de la gente que murió en el 85, murió días después del terremoto. Yo no quisiera ser de ésas. No quisiera estar a medio camino, con ruidos ensordecedores, no sé cuánto tiempo ni para qué).

Tengo un miedo tan estúpido al cuerpo, a los golpes más estúpidos, que cualquier cosa me hace saltar.

Una vez lloré por ver cómo torturaban a un zombie en una película... *** (En verdad la tortura era horrible y en verdad, sé de gente que coincidiría conmigo).

Sé de gente, gente mayor, que incluso se fusila tragedias. ¿Qué sé yo para qué? Me aterroriza pensar que puedo aprenderles (o haga lo que haga o ya no sé qué hacer) al grado de tener una excusa y decir para qué o por qué no o me da igual lo que pienses.

También sé de gente que no se las fusila. Creen. (Freud decía que la religión era un delirio masivo, como Marx que decía que era el opio del pueblo, y unos fulanos en ¿París? que decían que la religión era el opio de los intelectuales).

Mi mamá cree que hablar de creencias está muy bien, pero que hablar de religión es otra cosa y que -eso sí que no, dice señalando mis pies enlodados que están a punto de entrar a la casa, pisando el tapete- hablar de Dios, refiriéndome no sólo a la tradición cristiana sino a la mismísima cruz, eso sí es blasfemia.

Bueno, evidentemente no lo dice así. ¿Ya dije que en mi casa está prohibida la alusión a la religión como no sea en forma de blasfemia? Hablar bien de ella requiere uno de dos compromisos: o declarar abiertamente que se es "señale aquí un sustantivo, adjetivo o adverbio" o no serlo.

(Eso explicaría, por ejemplo, por qué salí del clóset a los 16 y por qué era importarte evitar ciertas preguntas directas... no tanto en caso de mentir como -lo supe después- en el caso de no saber qué contestar...)

Y yo no creo en Dios, pero tengo una religión. Bailo y pinto, y tengo la habilidad (...hey, un momento!) de saber lo que quiero, en ciertos momentos. A useless talent.


(Esto ya es choro, no puede ser)


No, no tengo religión.

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