Estoy de malas y de un forever inacabable.
Todo me enoja, hasta las cosas más estúpidas. Hasta lo que es obvio desde el principio que es estúpido.
Lo que es el colmo es que insista en contarle a Sarah hasta las cosas más estúpidas, porque me enojo tanto que dejo de hablar e, incluso, soy capaz de llorar ahí mismo, sin terminar de contar nada. Su opinión es que lo interesante es por qué insisto en hacer cosas que no quiero. Yo, acá de mi lado, no sé si está siendo sarcástica. No he querido preguntar porque la respuesta es: sí, eso es lo que me imagino.
Sarah es mi psicoanalista. La adoro por varias razones: la primera es que es estudiante y es lista, muy lista. La segunda es que 1) su nombre acaba en H, 2) le causa gracia que me haya dado cuenta y 3) ella ya se había dado cuenta.
Mis dos psicoanalistas anteriores también lo eran. A Iskra lo odié pero (se podría decir) terminó. A Edgar no lo odié, pero cómo me hizo llorar. Una vez lloré tanto (lloré toda la sesión, de principio a fin, 50 minutos, mirando a la ventana) que no volví más.
Recuerdo muy bien esa sesión: Andrés y yo estábamos abajo, en Coyoacán, y discutimos. Yo llegué un poco tarde a la sesión, pero apenas unos minutos. El meollo de su discusión era que Edgar -él- era un imbécil que sólo me choreaba para sacarme dinero. El meollo de mi discusión, que nunca fue puesta plenamente en discurso hasta, se comprende, 5 minutos después, era que él era un imbécil.
Aquella tarde Edgar me dijo: Ale, ese tipo es un patán y me sugirió que lo dejara.
Sus palabras fueron, se diría, tomadas al pie de la letra. El siguiente jueves llamé a la hora de la sesión para avisarle que no podía ir y, una semana después, llamé a la hora de mi sesión y le dije que no pensaba volver. Me dijo que quería dejarme claro que él consideraba que mi análisis no había terminado y que quería que volviera aunque no iba a insistir; a lo que le contesté que lo entendía, que lo pensaría y que en caso de que así fuera, yo le llamaría a él. Con Andrés de hecho sí terminé (un año después) y no de una manera tan polite.
Aunque a Edgar lo tuve dos años enfrente de mí cada jueves (a las 5), no puedo decir nada de él. Iskra, en cambio, era un cabronsito adorable: se tiraba en el sofá a morderse las uñas mientras me escuchaba, se burlaba de mí, de mi padre y de lo que yo pensaba de él, y aparte de sus comentarios que me dejaban en ceros, como aquel referido a mi hermano, decía algunas cosas que realmente me encabronaban.
Con Iskra estuve uno o dos años. No recuerdo cuándo dejé de ir pero debe de haber sido antes de que regresara a vivir a Cuernavaca, a los 16. Empecé a ir a mediados de tercero de secundaria, lo recuerdo perfecto porque fue cuando me expulsaron de la escuela.
Me acuerdo de dos o tres cosas. Realmente de pocas cosas. Me lo encontré en la marcha de los 30 años, en Tlatelolco, en el 98. Iba solo, creo. Me acuerdo también que fue él el que me dijo que con cuatro fumadas a un gallo era suficiente para pachequear. Fue él el que me recomendó leer a Kafka (al nunca antes lo había leído y sólo por equivocación lo he vuelto a leer); en específico Carta al padre, con el que parecía que se identificaba. Yo no recuerdo de qué trata.
Me dijo una cosa que se me quedó para toda la vida: la sesión había terminado y yo andaba caminando rumbo al metro Quevedo, cuando me di cuenta de que no traía ni dos pesos para regresar a mi casa. Así que después de darme cuenta de que realmente no tenía ninguna otra opción, volví a caminar rumbo a casa de Iskra y volví a subir hasta el segundo piso. No me tomó mucho tiempo. Él abrió la puerta con el seguro puesto, yo le expliqué lo que sucedía, cerró la puerta y la volvió a abrir momentos después. Me dio dos pesos y me dijo: "dile a tu padre que te de dinero". Luego cerró la puerta. Quedé impresionada tratando de entender lo que mi psicoanalista, con ojos rojos y tufo inconfundible, había mascullado.
Sarah es nueva. Ha sido mi única psicoanalista mujer, aparte de Monique que no era psicoanalista, sino que daba terapia de juego, y aparte de Bárbara, que nunca fue mi psicoanalista pero cuya -única y- solemne conclusión quedó como huella perenne e indescifrable. Me dijo que yo tenía problemas con la figura masculina, no con la femenina. (Desde entonces no lo creí pero su novio, Iskra, coincidía con ella).
De Monique no puedo recordar una sola palabra.
Creo que Sarah coincidiría conmigo: yo con quien tengo problemas es con las mujeres.
Que conste en mi historia el montón de problemas que tengo con las mujeres.
Aunque Sarah también coincidiría que con los hombres, de hecho, tan no tengo problemas que prefiero ni mencionarlos.
Como no sea para decir que son unos idiotas, cuando lo son.
(Porque lo son, aunque yo sea una exagerada sin memoria).
¿Por qué no puedo tener un blog normal?
Todo me enoja, hasta las cosas más estúpidas. Hasta lo que es obvio desde el principio que es estúpido.
Lo que es el colmo es que insista en contarle a Sarah hasta las cosas más estúpidas, porque me enojo tanto que dejo de hablar e, incluso, soy capaz de llorar ahí mismo, sin terminar de contar nada. Su opinión es que lo interesante es por qué insisto en hacer cosas que no quiero. Yo, acá de mi lado, no sé si está siendo sarcástica. No he querido preguntar porque la respuesta es: sí, eso es lo que me imagino.
Sarah es mi psicoanalista. La adoro por varias razones: la primera es que es estudiante y es lista, muy lista. La segunda es que 1) su nombre acaba en H, 2) le causa gracia que me haya dado cuenta y 3) ella ya se había dado cuenta.
Mis dos psicoanalistas anteriores también lo eran. A Iskra lo odié pero (se podría decir) terminó. A Edgar no lo odié, pero cómo me hizo llorar. Una vez lloré tanto (lloré toda la sesión, de principio a fin, 50 minutos, mirando a la ventana) que no volví más.
Recuerdo muy bien esa sesión: Andrés y yo estábamos abajo, en Coyoacán, y discutimos. Yo llegué un poco tarde a la sesión, pero apenas unos minutos. El meollo de su discusión era que Edgar -él- era un imbécil que sólo me choreaba para sacarme dinero. El meollo de mi discusión, que nunca fue puesta plenamente en discurso hasta, se comprende, 5 minutos después, era que él era un imbécil.
Aquella tarde Edgar me dijo: Ale, ese tipo es un patán y me sugirió que lo dejara.
Sus palabras fueron, se diría, tomadas al pie de la letra. El siguiente jueves llamé a la hora de la sesión para avisarle que no podía ir y, una semana después, llamé a la hora de mi sesión y le dije que no pensaba volver. Me dijo que quería dejarme claro que él consideraba que mi análisis no había terminado y que quería que volviera aunque no iba a insistir; a lo que le contesté que lo entendía, que lo pensaría y que en caso de que así fuera, yo le llamaría a él. Con Andrés de hecho sí terminé (un año después) y no de una manera tan polite.
Aunque a Edgar lo tuve dos años enfrente de mí cada jueves (a las 5), no puedo decir nada de él. Iskra, en cambio, era un cabronsito adorable: se tiraba en el sofá a morderse las uñas mientras me escuchaba, se burlaba de mí, de mi padre y de lo que yo pensaba de él, y aparte de sus comentarios que me dejaban en ceros, como aquel referido a mi hermano, decía algunas cosas que realmente me encabronaban.
Con Iskra estuve uno o dos años. No recuerdo cuándo dejé de ir pero debe de haber sido antes de que regresara a vivir a Cuernavaca, a los 16. Empecé a ir a mediados de tercero de secundaria, lo recuerdo perfecto porque fue cuando me expulsaron de la escuela.
Me acuerdo de dos o tres cosas. Realmente de pocas cosas. Me lo encontré en la marcha de los 30 años, en Tlatelolco, en el 98. Iba solo, creo. Me acuerdo también que fue él el que me dijo que con cuatro fumadas a un gallo era suficiente para pachequear. Fue él el que me recomendó leer a Kafka (al nunca antes lo había leído y sólo por equivocación lo he vuelto a leer); en específico Carta al padre, con el que parecía que se identificaba. Yo no recuerdo de qué trata.
Me dijo una cosa que se me quedó para toda la vida: la sesión había terminado y yo andaba caminando rumbo al metro Quevedo, cuando me di cuenta de que no traía ni dos pesos para regresar a mi casa. Así que después de darme cuenta de que realmente no tenía ninguna otra opción, volví a caminar rumbo a casa de Iskra y volví a subir hasta el segundo piso. No me tomó mucho tiempo. Él abrió la puerta con el seguro puesto, yo le expliqué lo que sucedía, cerró la puerta y la volvió a abrir momentos después. Me dio dos pesos y me dijo: "dile a tu padre que te de dinero". Luego cerró la puerta. Quedé impresionada tratando de entender lo que mi psicoanalista, con ojos rojos y tufo inconfundible, había mascullado.
Sarah es nueva. Ha sido mi única psicoanalista mujer, aparte de Monique que no era psicoanalista, sino que daba terapia de juego, y aparte de Bárbara, que nunca fue mi psicoanalista pero cuya -única y- solemne conclusión quedó como huella perenne e indescifrable. Me dijo que yo tenía problemas con la figura masculina, no con la femenina. (Desde entonces no lo creí pero su novio, Iskra, coincidía con ella).
De Monique no puedo recordar una sola palabra.
Creo que Sarah coincidiría conmigo: yo con quien tengo problemas es con las mujeres.
Que conste en mi historia el montón de problemas que tengo con las mujeres.
Aunque Sarah también coincidiría que con los hombres, de hecho, tan no tengo problemas que prefiero ni mencionarlos.
Como no sea para decir que son unos idiotas, cuando lo son.
(Porque lo son, aunque yo sea una exagerada sin memoria).
¿Por qué no puedo tener un blog normal?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario