La intensidad con la que nos amamos sin darnos cuenta de quienes nos aman.
Me rasco un poco la cara. Me doy cuenta de que tengo la cara grasosa. Me sigo pasando los dedos por la cara. Saco de un jalón un kleenex de la caja, sin que se rompa el kleenex. Pienso en ti. En ella y en ella otra y en esta otra otra. Me tallo la cara. Me masajeo los músculos con tan sólo apretar los dedos, apoyar un poco los brazos. Me da sueño. Libera sustancias que dan sueño, me recorren toda. Termino de limpiarme la cara con el kleenex. Estiro mis gestos. Me la vuelvo a tocar con los dedos. Las puntas de mis dedos están secas porque estuve limpiando el polvo de libros con las manos. Mi cara es suave.
A veces quiero destrozarme la cara. Con un pico. Con ácido. Me gustaría no controlar el odio que me tengo.
Soñé que me caían ladrillos del techo, en la cara. Estaba dormida boca arriba en el sofá. No era mi casa. Me caían lozas azules varias veces, con golpes fuertes, aturdidores, como si estuviera a punto de caerse el techo. No se cayó, en el sueño.
A veces me levanto con tanta seguridad que me cuesta trabajo creer que mi lugar es la chingada. Por eso te mandan al demonio, Alejandra, por esa fuerza que es grotesca y monstruosa. Como mis manos. Eran de hombre cuando era niña, por eso nunca hubiera podido estudiar ballet. Ni se me hubiera ocurrido, tampoco, pero qué chafa era saberlo. Y porque no tenía gracia. "No tienes gracia para moverte, ¿por qué no te esfuerzas?" Ahora sólo es capaz de pedir disculpas deshecha en gritos y llanto o de no reconocerlo. El mundo tiene voluntad de destrozar lo bueno. Como las mujeres que me importan. Una a la que yo no le importaba me dejó por un enano gordo al que por supuesto le importaban muy poco las clases de español de la escuela. Se le notaba.
Lo de menos es si son historias verídicas o si tienen final.
Yo misma sé muy bien todo lo que no deberíamos concluir. Lo que no sé es qué hacer. Puedo subir los codos a la mesa y quedarme quieta. No tengo la idea más remota de lo que debería hacer. Con mi vida.
Aparte, claro, de tener una montaña de trabajo urgente, no sé qué quiero hacer con el pago. Ni siquiera me pagan, van dos trabajos que no me pagan. 20 mil pesos. Apenas rescaté otros dos trabajos que tampoco me habían pagado, de 5 cada uno. Tengo que correr para que me paguen. No entiendo por qué todos los trabajos son urgentes. Mi tesis no avanza. No sé cómo continuar (ok, nunca lo he sabido) y tengo muy presente que no me entiendan. En vez de trabajar en la tesis, corrijo el estilo de los horóscopos del 2012. Lo que no sé es si corregir los enunciados totalitaristas de los libros de superación personal. Y tengo siempre un montón de maneras distintas de decir las cosas. Me atormenta un poco pensar que alguna de ellas es la correcta. Me pinté las uñas. Me siento muy idiota gustándome tanto yo a mí misma y tan poco a la gente que me importa. Tampoco es que esté mal ser idiota. Es a lo que voy, podría quedarme aquí con la barba recargada en los codos todo el día.
La gente dirá lo que quiera. Creen cualquier mentira. Creen que no, que el mundo no tiene voluntad de destrozar lo bueno. Podría pasarme la vida entera creyendo que el universo me tiene algo reservado. Hasta envejecer, amargada obviamente por nunca ..., y frustrada, y entonces darles la razón: no tenía ningún motivo para esperar ningún amor. «Es mejor no estar sola porque de todas formas no existe la verdad», así razonan. ¿Quién soy yo para creer lo que creo? Tengo una puerta suicida con todos ustedes. Con todos siempre hay una puerta que no lleva a ningún lado. Con todos. Podría perder mis oportunidades con todos. Podría envejecer y enloquecer hasta darles la razón. A las personas les pasa. Pierden la belleza y la inteligencia. E infancias enteras.
¿Qué otra opción me queda, más que envejecer?
No es para que me digan que estoy equivocada sin haberme escuchado siquiera. No los respeto. A nadie. A ninguno de ustedes. Quédense callados.