Yo siempre me he tomado las cosas demasiado literalmente, creo que tengo un problema psicológico. Recuerdo una de las primeras mañanas en que me levanté para ir a la escuela, por ejemplo. Le pedí a mi madre 5 minutos más. No por otra razón sino porque había visto que se hacía. No en mi casa, claro. En la tele. Mi mamá me dijo que ok, cosa sorprendente, creí que se negaría. Pero me advirtió que 5 minutos nada más. Hizo énfasis en el nada más: ni uno más, ¿ok? dijo al salir del cuarto. Yo, lo que pasó fue que, me quedé angustiada. Conocía bien a mi madre y sabía que tenía que cumplir absolutamente la condición, si no nunca más me iba a dejar. Eran mis primeros días de clase. Tenía 5 años, quizá 4, y no tenía reloj. Además en ese momento me pregunté también de qué me serviría si iba a cerrar los ojos. Entonces hice lo único que se me ocurrió: conté 5 veces 60, con la mejor pausa que pude entre los segundos. A veces cuando me daba cuenta de que iba muy rápido, me detenía y trataba de equilibrar. Al acabar de contar entró mi mamá por la puerta. En realidad no se me ocurrió que ella iba a venir a despertarme, no me lo dijo. Asumí que la responsabilidad era mía. Nunca más volví a pedir cinco minutos, por supuesto. No me sirvieron para nada. Fue una de las tantas cosas que hace la gente que me han quedado desanudadas en la vida. Tampoco lo hacía bien en la tiendita de la escuela. Yo hacía la cola, como todos, o como nos habían dicho a todos, pero muchos se iban directo al mostrador a pedir. Muchos, todos gritaban y la señora que vendía los atendía, que era lo más insoportable e increíble. Algunos nos quedábamos en la fila, dos o tres, esperando que la cosa se arreglara de alguna manera, en algún momento. Yo no me sentía tan mal porque evidentemente no era la única que seguía las instrucciones. Pero luego casi siempre algunos de mis compañeros abandonaban la resistencia y ese confort que me quedaba desaparecía. Entonces no era tan fácil porque yo ya había decidido quedarme en la fila y me daba pena, especialmente frente a tanta gente, cambiar de opinión sólo porque alguien más lo había hecho. Entonces insistía en quedarme formada y aunque la situación era cada vez más desesperante por la llegada de nuevos niños, en la misma curva ascendente me sentía cada vez más comprometida con mi puesto en la cola. No soy tan estúpida, hubo veces en que intenté ir directamente al frente. Llegó a ocurrir que eso mismo motivaba finalmente a las señoras a reordenar la fila. Y entonces indefectiblemente me ganaban el lugar que ya tenía. La mayoría de las veces nunca llegué a pedir las cosas con suficiente fuerza, me ganaban constantemente, quiero decir, a cada segundo, y terminaba comiendo muy tarde. A veces tan tarde que no me acababa el lunch, la maestra me regañaba por eso. Calaba muy hondo en mí que la mujer de la tiendita le preguntara a un niño o niña a mi lado qué era lo que quería y, siendo absolutamente claro para ambos que él había llegado después que yo, pidiera sus cosas, y se fuera, sin la mejor sacada de onda. Por eso yo nunca hacía eso y cuando la señora finalmente me preguntaba qué era lo que quería siempre cedí el lugar a los que habían llegado antes que yo. Y tenía buena memoria. La cosa es que la señora después casi nunca me volvía a preguntar a mí y los gritos se volvían a alzar. Una vez incluso me regañaron, me preguntaron si iba a pedir algo o no. Contesté sin ninguna afectación, porque siempre me ha salido así, que quería unas papas y un frutsi. O un mamut. Los mamuts me gustaban mucho, mi mamá no me dejaba comprarlos porque son una porquería. Fue quizás por eso que me tomé la tarea de hacer una tesis de licenciatura con total seriedad. A mí me habían dicho que una tesis es poco menos que una teoría pero en todo caso una idea, una apuesta. A mí y, por recordar las filas de la tiendita, a todos. Claro que me parecía una cosa difícil. Desde muy chica me angustiaba "el paso de la tesis". Tenía dudas muy profundas respecto a mi capacidad para proponer una idea, dudas que por supuesto se fueron acrecentando mientras crecía y me daba cuenta cada vez con más claridad de que podía ser imposible. Aunque la primera vez que entendí que alguna vez iba a hacer una tesis probablemente lo tomé con entusiasmo. Y bueno, uno siempre espera lo mejor de uno mismo cuando es pequeño porque, rápidamente, se ignora casi todo excepto el amor propio. Descartaba, por lo demás fácilmente, que todos pudiéramos hacerlo.
Tampoco pensaba mucho en ello, al llegar a la universidad estaba convencida de que algo haría llegado el momento.
La idea se me ocurrió a mitad de mis estudios, que en este caso son largos porque hice primero dos años en Salamanca y luego 5 en la UNAM, porque volví a empezar y porque me lo tomé con calma. 5 años de clases, tardé dos semestres más en presentar las materias que faltaban. El último semestre presenté sólo lógica. Para lógica era muy buena, un día podríamos hablar de ello. Más que una idea, fue una impresión. La impresión de que ahí había un problema. Definir ese ahí me ha tomado todo este tiempo. La impresión comenzó a ocurrir regresando a México y por lo tanto justo al principio de mi asistencia a la UNAM. El primer año fui de oyente. Para decirlo correctamente, el primer semestre. El segundo me lo tomé. Llevaba dos años de clases de filosofía, pero de filosofía de Salamanca. Había leído atentamente México Profundo de Guillermo Bonfil, un libro que compré en México en vacaciones y que me senté a leerlo en España. De lo demás sabía lo suficiente para orientarme en los horarios pegados en la pared de la facultad. Estaba absolutamente segura de que tenía que volver a empezar desde el principio. La impresión vino primero muda, tan sólo como imágenes de la vida, pero recortes hechos con palabras, conceptos e ideas. Así como sólo el recién llegado puede ver la cultura, así pasé el primer año, segura de que estaba mirando algo real que no había visto antes. Los primeros años en la UNAM arrastraba totalmente mi educación anterior, eso fue bueno y malo. Me deshice de algunas cosas y guardo otras. El mejor ensayo que escribí en el primer semestre trataba sobre los derechos humanos, por ejemplo. Y aunque la idea ya estaba, la situación digamos discursiva que rodea al ahí en ahí hay un problema estaba completamente desenfocada. Yo creo que empecé a manejar los hilos correctos por ahí de cuarto semestre. Aunque en mi onda de que no existe la basura he echado mucha mano al trabajo enorme que hice en los primeros años. Sin embargo podría decirse que terminé los créditos de la carrera sin haber golpeado el clavo de la tesis. También puedo decir que en algún momento ocurrió esto, exactamente así, e incluso que ha pasado más de un año en el que no he dejado de trabajar al respecto.
A fin de cuentas es normal que tomándolo al pie de la letra una tesis lleve algunos años. Sin querer decir que no sea posible hacer una tesis - tesis en poco tiempo. He leído pruebas de ello aunque, bueno, carecen, digamos, de cierta gracia que a mí caprichosamente me importa pero son excelentes tesis de filosofía analítica.
Habiendo dicho lo cual me retiro a martillar. En este casi literalmente porque estoy haciendo una caja para el pan.
4 comentarios:
Querido Juan Manuel, he tenido noticias de tu lista de favs. A veces me parece que deberíamos casarnos. No es una invitación a que nos conozcamos, sólo digo que lo he pensado.
El texto tiene algunos errores que no me importan. "...se fueron acrecentando mientras crecía...", números en números después en letras después en números, muchas conjunciones, muchos entonces, bla bla bla.
Muchas gracias señor.
;)
<3
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