8 jul 2015

Por qué no me gustan los CM

Se supone que cuando una persona construye algo, digamos una mesa, el resultado de ese trabajo es la autoconciencia. Ahora… ya sé que ustedes tienen muy mala educación y que simplemente dicen “Eso no es cierto”.

El mundo, es decir, todo lo que no es usted, todo lo que va más allá de su piel, allende lugares infinitos y desconocidos, EL MUNDO, presenta una resistencia.

Cuando nosotros intentamos hacer una mesa, o una silla, o una tesis, o una casa, o una manifestación, nos encontramos con esta resistencia. Encontramos que no es fácil hacer lo que queremos, que no se trata sólo de pensarlo y PUM, aparece, y que tampoco se trata a veces de lo que queremos o de cómo lo teníamos planeado. Ésta es la resistencia que tiene el mundo, hay que luchar contra esa resistencia para poder hacer la mesa.

A veces la mesa no sale bien y hay que volver a hacerla. Es decir “se resiste” el mundo fuera de ti a ser como tú quieres que sea.

Ésa es la medida que nos da el mundo para conocernos a nosotros mismos. “Nos da”. Después de trabajar sobre algo, de intentar contravenir esa resistencia del mundo, nos viene de vuelta no sólo una mesa defectuosa sino también un conocimiento sobre nosotros mismos, sobre nuestras capacidades, sobre nuestras ideas. Después de trabajar volvemos a nuestras ideas y las redefinimos, las mejoramos, creamos un nuevo plan y volvemos otra vez a intentar hacer la mesa. De esa manera el trabajo crea autoconciencia.

El trabajo nos da un parámetro para saber lo que podemos hacer en este mundo. A veces resulta que lo que podemos hacer en este mundo es más de lo que imaginábamos en un principio, o anteriormente, y en ese sentido se habla de que el trabajo libera.

Ahora bien, sucedió algo entre Hegel y Marx: la industrialización. En una vuelta de tuerca insólita (¿insólita?) el trabajo ya no libera, sino que aliena.

Alienar viene de hacer otro, alienare. Así que en lugar de que el trabajo nos devuelva no sólo una mesa mal hecha sino una idea de nosotros mismos, resulta que el trabajo nos aleja de una idea de nosotros mismos. ¿Cómo sucedió esto?

Bien. Siempre ha existido la división del trabajo: tú haces una mesa, ella hace una silla, el otro hace la casa y tenemos una familia. Pum. Por lo menos los muebles. Pero después en el desarrollo de la tecnología la división del trabajo se especializó y ahora tenemos las fábricas. En las fábricas uno hace un pequeño trabajo, digamos, acomodar una pieza en la cadena de producción para que otras máquinas puedan aplastar esa pieza de forma adecuada. O uno separa manualmente lo que la máquina no puede separar. O uno hace cualquier pequeño detalle que el resto de las máquinas no pueden hacer, como poner un tornillo o golpear delicadamente algo. Repetitivamente, la misma actividad, por 8 ó 12 horas, día tras día, año tras año, hasta que te mueres.

La diferencia entre trabajar haciendo una mesa, una silla, una casa o una tesis y trabajar en una fábrica así es evidente, pero ¿en qué consiste esa diferencia? Consiste, me parece, en la totalidad de la obra, que es el producto del trabajo. Por supuesto hablamos de una totalidad ficticia, impuesta; como cuando se escoge un principio y un final para un cuento. No de LA TOTALIDAD. Uno hace una mesa y es como si escogiera un principio y un final, en toda la gran historia de la humanidad que va desde sus oscuros principios hasta los inimaginables finales, uno en ese momento se dedica a construir una mesa, pone un principio y un final ficticio, dentro de los cuales se comprende el periodo de tiempo en que uno trabaja una mesa. Y a partir de esa construcción saca una serie de ideas sobre uno mismo. Porque existe un plan sobre esa mesa, porque uno sabe para qué la necesita y por qué la quiere, porque uno escoge hacerla de ese modo y no de otro es que al final podemos sacar conclusiones (provisorias) sobre nosotros mismos. En cambio el trabajador de la fábrica no sabe lo que está construyendo, no sabe para qué necesita construirlo, lo único que sabe es que haciendo eso le pagan una lana y con eso puede pagar cosas. El que saca conciencia de todo ese trabajo, en todo caso, es el administrador de la fábrica que se da cuenta de que haciendo esto y no lo otro logra mejor sus fines. El trabajador en este sistema de exagerada división del trabajo, en tanto que no le es posible conocer los fines ni elegir las maneras, no saca conciencia. No saca la mayor ganancia. Pero hay una ganancia porque nunca hay trabajo al pedo, hay algo que se logra y es la alienación.

CM es la abreviatura para Community Manager. Wikipedia define:

El responsable o gestor de la comunidad de internet, en línea, digital o virtual (online community manager en inglés) es quien actúa como auditor de la marca en los medios sociales. Es un puesto de trabajo dentro de la mercadotecnia en medios sociales, siendo su función ejecutar lo que los administradores o gestores de redes sociales planifican. Cumple un nuevo rol dentro de la mercadotecnia, la publicidad en Internet y la documentación, pues es una profesión emergente al igual que lo es el Record Manager.

Lo que significa que en primer lugar existen las redes sociales, asunto del que no muchos se han ocupado. En segundo lugar hay comunidades en esas redes sociales, es decir grupitos de gente, más o menos indefinidos, de fronteras permeables, porosas e inestables, pero grupitos al fin. Y en tercer lugar significa que el capitalismo, como su nombre lo indica, ha capitalizado este asunto, entonces tenemos a gente tuiteando en redes sociales al servicio de empresas.

¿Qué pasa? Pasa que cada día se decide en no sé qué pinche oficina cuáles van a ser las noticias del día y cuáles no. Si usted está sentado en un lecho de rosas en el orto del planeta Tierra creyendo que los periodistas salen a buscar las noticias y los mismos periódicos deciden cuál es el orden de importancia de los reportajes hechos, como “a la antigüita”, aunque ya no sé si siquiera se hacía así en la antigüita, está, eso, sentado en un lecho en el orto del planeta.

¿DÓNDE se deciden estas cosas, esta agenda de noticias? ¿Quiénes las deciden? Nos manipulan las noticias. Con cierto margen, es cierto, como en todo.

Entonces Twitter es como una plaza pública moderna, literalmente una plaza pública. Cuando yo entro a Twitter siento que entro al ágora y digo mi opinión. Lo que pasa es que claro, es una plaza pública de millones y tiene múltiples variables como el hecho que quizá no hay un pepino que te esté leyendo mientras das tu opinión, como el factor de que hay cuentas, es decir ciudadanos atenienses, que en realidad son robots o gente que tiene dos o tres o cinco mil cuentas, como que son tantas las opiniones que tu opinión se pierde en un torbellino de otras opiniones y luego quedan enterradas en tu propio Time Line y ya ni tú te acuerdas de ellas y como que hay gente ahí que no está captando la idea de libertad que conlleva el ágora sino que está actuando en el ágora pagado por una empresa.

A mí esto último me parece genial y completamente aceptable gente. O sea bueno, no sé si completamente aceptable pero por lo menos medianamente aceptable: tú tienes una empresa y vas a la plaza pública y parece que todas las opiniones que tienes como humano pasan por el filtro de los intereses de tu empresa. Me parece terrible. Pero lo que en verdad me parece de una brutalidad espadera es que tus opiniones como humano pasen por el filtro de un pone tuercas de la empresa de opinión de alguien más.

Es decir, veamos, no tengo nada contra los pone tuercas. Lo que pasa es que uno debería ser dueño y administrador de las tuercas, todos los pone tuercas.

Estas personas que trabajan en consultorías de comunicación diseñando, fotografiando, escribiendo, editando y “manejando las redes sociales”, son pequeños engranajes de una gran fábrica que no se dedica a hacer máquinas sino a divulgar ideas. Y lo que pasa es que no saben cuáles son las ideas que están ayudando a construir ni para qué se van a usar ni por qué hay necesidad de difundirlas.

Quizá, no sé, aventuro, se trata de las mismas personas que creen que hablar no es hacer algo.

Ya de por sí tenemos un ejército de ciudadanos que dicen “Mejor deja de opinar y ponte a hacer algo”, respecto a nuestra preocupación compartida por cambiar este país. O esas injurias sobre el «activismo de escritorio» por las que yo claramente me ofendo porque lo ejerzo. No necesitamos propaganda nazi.

O bueno pues, ¡¿qué sucede que parece que la necesitamos?!

Las ideas, gente, aunque no lo parezcan, son fundamentales para la implementación de sistemas políticos y económicos. Esta idea de que hablar y opinar no sirve de nada es un mar en el que flotamos gracias a la horrible educación que tiene este país que por supuesto, por muy horrible que sea la educación de este país, eso de ninguna manera termina de establecer que la responsabilidad sobre esta educación se limite únicamente a las atribuciones de la Secretaria de Educación Pública, sino que, por muy horrible que sea esta educación, compete también a la Secretaria de Comunicaciones y Transportes y a la Secretaría de Seguridad Pública por poner sólo DOS instituciones que también son responsables de estas atroces creencias.

No conformes con ello el gobierno de México se ha dedicado desde hace bastantes años a lanzar múltiples campañas mediáticas que tienen por objetivo manipular no sé cuántos enunciados. Ello lo logran gracias a que tienen una planta pavorosa de trabajadores dispuestos a tuitear de lo que no tienen idea a cambio de envidiables salarios de diez mil y doce mil pesos. O veinte o treinta, depende del cargo no.

Quizá en otro momento de la vida trabajar en esto puede ser más o menos aceptable, no lo sé, pero lo que sí sé es que EN ESTE MOMENTO —donde matan impunemente, trafican con personas, con órganos de personas y torturan— definitivamente es una idea no aprobada.

Requiere de una estupidez infinita o de una ingenuidad injustificable, injustificable porque para ganar 10 mil pesos ¡se supone que fuiste a la escuela!, creer que aunque no sepa bien qué es lo que uno hace en esta fábrica de ideas, de todos modos seguro es moralmente aceptable a pesar de que dos terceras partes del país estén en llamas.

Además reproduce todo este estilo de negociación privada sobre asuntos públicos en donde uno tiene que confiar que lo que hace está bien sólo porque alguien te dice que Fulano de Tal se está encargando de eso aunque por supuesto no te lo pueden poner por escrito ni hacerlo jamás público ni siquiera explicarte satisfactoriamente cómo es que Fulano de Tal se está encargando de eso.

Y claro están estas ideas de que hacer las cosas públicamente o en privado es exactamente lo mismo o que en todo caso es peor hacerlas públicamente porque corres peligro y mejor ponerse más a resguardo encerrándote en espacios seguros y privados incentivando la parálisis colectiva. Ve tú a saber quién anduvo haciéndole propaganda a esas ideas.

Además, ahora que me he puesto a revisar textitos de otros terrorismos de Estado, encuentro muchos vínculos con esta idea de que "la responsabilidad se diluye en la cadena de mando".

En otras palabras, estoy diciendo que los que colaboran con ese trabajo son parcialmente responsables, humanamente responsables, aunque claro cómo juzgarlos si su estupidez es infinita, de lo que ocurre actualmente en México.

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