En mi sueño había una sola calle, como cuadratta romana, larga. No había calles transversales. A los costados de la calle todo el espacio estaba construido. Yo estaba en un Burger King. Sí, en un Burger King. Aunque no se veían mucho los colores de que fuera un Burger King, lo era. Estaba con mi familia. Recuerdo a mis padres ahí, sobre todo.
Afuera, en la calle, yo tenía mis maletas. Las maletas que tengo acá en Argentina, casi listas para irme. Son muchas, de diferentes tamaños. Así como las tengo acomodadas todas juntas en la sala de mi casa, así las tenía afuera del Burger King, en la calle, acomodadas.
Yo salí un momento del Burger King. Creo que dije algo como que regresaba pronto. Y salí a la calle a buscar algo en mis maletas.
En ese momento un avión se estrelló a lo largo de toda la calle.
Yo pude hacerme a la izquierda y esconderme para que no me cayera encima.
Recuerdo haber pensado que eso, el hecho de que yo me hubiera salvado, mis padres no lo sabían, no iban a poder saber que yo me había salvado.
Recuerdo también haber pensado que, de hecho, yo tampoco podía estar segura de que mi familia no hubiera salido a la calle justo detrás mío. Aunque, de primer momento, pensé que ellos se habían salvado.
A partir de entonces el sueño consistió en caminar por esa calle larguísima buscando a mi familia y buscando mis maletas. Inmediatamente después del avionazo empezaron (¿quiénes? La gente) a recoger el desorden de la calle. Entonces no es que yo encontrara mis cosas hasta donde el avionazo las hubiera aventado, sino que iba encontrándolas según el orden inimaginable de los extraños que las levantaban y escogían, de mis cosas, lo que a ellos más les convenía. Al principio encontré algo, no recuerdo qué, pero al final encontré sólo mis maletas vacías. Nunca en el sueño volví a ver a mi familia y llegué a una calle donde, enfrente, alquilaban un edificio que tenía paredes, puerta de entrada y me parece que ventanas, pero estaba completamente vacío por dentro y no tenía techo. Se veía el cielo. Lo alquilaban para hacer fiestas. Tenía las paredes interiores grafiteadas. Me acordé de Fernanda porque quizá a ella le gustaría alquilar un lugar así para hacer fiestas. Y también pensaba en Argentina, porque contemplaba la arquitectura de los edificios de la misma manera que me quedo viendo los edificios argentinos pensando lo diferentes que son de los que yo conozco.
La noche anterior a ésa dormí toda la noche de un jalón, cosa que siento que no me sucedía en meses, y soñé que estaba dentro de una gran construcción circular en donde subíamos y bajábamos de nivel y en donde en el centro había algo acuoso. Como una alberca pero no era una alberca. Y el ambiente en el que estaba era algo así como de inadaptados mentales pero, al mismo tiempo que no había ninguna sensación de estrés ni de violencia, yo no pertenecía allí. Y al final todo se resolvía, después de bajar y subir por la construcción sin ningún sentido, cuando, hasta abajo de toda la construcción, y a las orillas de una multitud, justo en la parte de atrás, pegados a la pared, un hombre que me recordaba al mismo tiempo a Salat y a mi tío A., pero que no era ninguno de los dos, me ofrecía dos pelotas para malabarear. Sin saber que a mí me servían muchísimo. Le dije que sí, inmediatamente. Me las ofrecía casual, terminando una conversación, como diciendo "ah mira tengo esto" y yo las aceptaba. E inmediatamente las pelotas se convertían en pelotas de playa. Pero yo las quería igual. Y me desperté.
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