10 oct 2017

Estrías narrativas que hacen como que van hacia pero al final dan la vuelta. Si cambia de tema es que es importante

Hoy en clase, con las luces encendidas por el medio amanecer de la mañana y el salón perfectamente blanco y limpio, mientras el profesor explicaba algo en el pizarrón, o quizá mientras alguien había pasado a escribir algo en el pizarrón, me di cuenta de que el delirio que se formó en aquellos primeros doce días de agosto del 2016 no ha pasado del todo. Que sigo confiando instintivamente en las relaciones inmediatas y sin explicación que forma mi cabeza. Pensé que era parte de mi constitución, que quizá verdaderamente tengo un problema mental que sobrellevo confiando en estas respuestas inmediatas que me da mi cabeza. Que mi manera de ser es una manera demasiado racional y que, como ya se lo he dicho a mi psicoanalista, quizá si yo procediera como es mi manera natural de proceder, nunca, o pocas veces, lograría llegar a una conclusión a tiempo. ¿Cuáles son los jitomates que debería llevarme?, en el super. Lo selecciono por instinto, como si fuera otra persona la que me dijera qué jitomates tomar. ¿Cómo saber, en verdad, cuáles jitomates llevar? Ahí en esa clase, con el salón iluminado, recordé a los psicóticos y cómo antes de que les ocurra un brote que los revele como psicóticos, han pasado toda su vida imitando el uso neurótico de la metáfora. Quizá lo mío no es un brote, sino una cosa intermedia, aunque aquello, lo sé, va en contra de la teoría, que consiste también en imitar un procedimiento de toma de decisiones.




A media mañana me regresé en taxi. No hablamos el taxista y yo en todo el camino. Tampoco me tomé más tiempo para caminar por la ciudad y quizás leer el periódico. Pedí un taxi en la calle inmediatamente después de que terminó la clase y me dirigí a mi casa. Fue en Periférico, mirando las jardineras descuidadas que dividen los carriles centrales, que —no recuerdo si después de pensarlo o no— me vino a la cabeza que yo siempre he confiado en mi inconsciente. Yo siempre he tomado así por lo menos una parte de mis decisiones. Sólo que nunca antes me había causado un problema como éste, de delirio. Quiero decir que con la misma confianza con la que me dejé tomar por un delirio, con esa facilidad y ese tirarse hacia atrás sin saber si alguien te va a cachar, así he confiado antes en mi inconsciente. Y nunca me causó ningún problema.

Fue entrando al piso inferior de Periférico, debajo de ese tremendo techo de lozas de concreto que uno siente que se pueden caer, y que no te dejarán escapatoria, que sentí una tristeza muy grande y estrujante en el pecho por la hueva que me da releer mi propio texto.

Resulta incomprensible, incluso para quien no es ajeno al tema, comprender cómo la causa de una crisis se encuentra ocho años atrás. Quizá se lea y se comprenda, y digas que no tiene nada de incomprensible. Pero para efectos prácticos, para la vida cotidiana, la explicación verdadera que puede leerse y resultar comprensible, resulta incomprensible y perfectamente inútil. Como si tuviera denegado explicar al mundo la causa verdadera de lo que me ocurre. Sí, por una prohibición moral; pero más allá: por un bloqueo epistemológico. Resulta incomprensible decirle a usted que yo no tiro mi basura, que en este momento tengo 16 bolsas negras de basura limpia y clasificada en el piso de mi cocina, o que hace meses que no lavo mi ropa, porque hace 8 años un hombre me violó.

Aquel día, 16 de agosto del 2009, era domingo. Acabo de verificarlo en internet pero no era necesario. Constituye una especie de shock mirar el calendario del 2009, acercarse hasta agosto y de pronto ver saltar de entre los números que el 16 cayó en domingo.

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