Estaba haciendo una rana de plastilina. A mi tío (el gay, QEPD) le gustaban mucho las ranas. Es para un florero para su nicho. Empecé haciéndola de plastilina en mi casa, con una plastilina rosa sucia que tenía guardada (tengo otra nueva peroo está (quizá) al fondo de una caja que está sepultada por libros porque pocos días antes de Año Nuevo decidí tirar todo el recubrimiento flojo de una pared. De mi casa. La rana salió como una rana con malformaciones pero se veía que era una rana. En este momento de mi vida fantaseo con pasar en la semana por alguna papelería y comprar un par de cositas que necesito, entre ellas la plastilina. Aún no decido el color pero amarilla probablemente, aunque no sé si exista la amarilla en la papelería en la que decida detenerme para buscar estas cosas, la otra es unos cuantos palitos de madera. Así, palitos de madera nomás. En realidad quiero comprar más cosas.
Estoy así, de consumista. Ayer compré una planta sólo porque costaba $5. Tengo dinero para comprar cosas y me recuerdo que no debería necesitar mucho. Aunque necesito gubias y un montón de pinceles y esas cosas. Y necesito ropa y necesito también cosas que no sabía muy bien que necesitaba aunque se me había ocurrido en aguna ocasión, como la trampa de rejilla para el desagüe del lavadero.
Ayer mi papá vino a arreglarme la plomería del lavabo, hoy funciona y por primera vez en años puedo lavar todo lo que se me ocurra en mi cocina, inmediatamente después de usarlo. Antes tenía que salir al balcón donde está el lavadero. Ahí lavaba todo. El lavabo lo tapó Caro. Bueno, ocurrió mientras ella lavaba los platos, porque yo nunca los lavaba. Desde entonces tuve que salir al balcón, para lo cual ocupaba a veces algunas semanas en la juntada de valor. Pasó mucho tiempo para que mi cuerpo aceptara que podíamos salir al balcón también en cualquier momento e inmediatamente después de ensuciar algo. Claro que el camino era más largo, eso no podía cambiarse.
Mi casa sigue siendo un desmadre. La depresión no se ha ido del todo, o más bien la tristeza. Pero el cambio es radical: salgo de mi casa todos los días, ya no tengo sensaciones corporales alucinadas, como todos los días, aunque a veces como mal. Me he convencido a mí misma de que más vale comer algo en la calle que no comer por no querer fatigarme haciendo la comida, yendo y viniendo con ella. A veces sí cocino, y también fantaseo con el día en que no sólo la cocina, sino todo esto quede listo.
Secretamente he tenido miedo a perder la capacidad para escribir. Pero a mí misma no me ha quedado de otra más que esperar a que resucite, yo.
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